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Los pasillos del Castillo Negro estaban silenciosos, como cada noche. De pronto un ruido de tela arrastrándose sobre el suelo de piedra interrumpió la calma que se respiraba. La jovencísima (en apariencia) Eve, tiraba sin demasiado esfuerzo del cuerpo inmóvil de Francis. No estaba muerto, aunque nadie lo hubiese podido afirmar. Aunque el ama de llaves estaba jugando sucio, no jugaba tan sucio como para matar a alguien.Pero no le quedaba otra opción que hacer lo que hacía. Francis se había dado cuenta del sentimiento especial que albergaba Eve para con su amo y de cómo la presencia de Julia estorbaba para estar más cerca de él. Algo tenia que hacer para acallar la peligrosa voz del mayordomo. Además, la princesa no quería estar allí y Eve sentía un paradójico cariño por ella…
La puerta de la alcoba de Francis se abrió dejando ver a la mujer arrastrando a un mayordomo totalmente fuera de combate. Con suma delicadeza lo acostó en su cama y apagó la luz de las velas. Era ahora o nunca. A esas horas Hyde siempre estaba descansando así que no constituiría ningún problema acceder a la celda de Julia. En la torre de las celdas había un pasadizo que conduciría a la princesa a un oasis cercano. Mercaderes y viajantes paraban a descansar a menudo en aquel oasis antes de seguir con su travesía; no le costaría mucho trabajo encontrar ayuda para volver a su tierra desde allí. Lentamente, el ama de llaves cerró la puerta de la habitación dónde Francis yacía inconsciente. No se despertaría en un par de días. Tenía tiempo de sobras por lo que no necesitaba ir deprisa. No convenía alertar al personal que seguramente aún andaría despierto.







piral desafiaba el contorno del desierto como un estallido de fantasía en medio de la nada. La arena se levantaba al paso del unicornio dejando una nube de polvo fino a su paso. Los dos sabían que estaban a punto de enfrentarse al que quizás sería uno de los mayores peligros con que jamás se habían topado. Pero les daba igual. Román tenía muy claro que era el amor lo que le impulsaba a seguir adelante, no iba a detenerse fuera cual fuera el obstáculo que solventar, pues su amor era puro como el agua. Tal era el amor que sentía por Julia que se lanzaría al vacío sin dudarlo un segundo si eso salvase la vida de la princesa. Rita lo sabía, y por eso iba a seguir a su dueño a dónde hiciera falta. Los unicornios sabían detectar el poder de los corazones puros, por eso había seguido a Román desde tiempos casi ancestrales. Y sabía que seguiría unido a él por mucho tiempo. Román sentía cada vez más cerca el corazón de su princesa. Aún no habían llegado a su destino pero, después de las cosas que les habían pasado no les parecía un trayecto demasiado duro. La luna llena estaba sobre sus cabezas. A Román le parecía que Rita volaba a ras de arena:





