OSCURO AFFAIRE

 

OSCURO AFFAIRE


Una historia de espada y brujería

x ReV

1. PHOENIXIA

En un lugar y un tiempo muy distante al nuestro, aconteció la triste historia de un caballero andante al que llamaban Román que, a lomos de su yegua recorría los páramos fríos y solitarios de su tierra, Phoenixia,  con la esperanza de recuperar a Julia, una princesa que le había sido arrebatada por un villano hechicero en una confusa noche bajo el cielo estrellado de las playas del mar Onyx. El caballero se había visto sorprendido bajo el manto de estrellas por su atacante, conocido en las tierras bajas como Hyde, que llevo a la princesa lejos, muy lejos de allí. Hasta el Castillo Negro, propiedad del villano durante quinientos largos años. Se decía que el poder de Hyde era abrumador y que podía conseguir todo lo que se propusiera pero eso a Román no le daba miedo porque sabía que tenía el corazón de la princesa y así sería por siempre. Pasase lo que pasase.  Aunque en aquel momento una distancia abismal les separaba a ambos y solo podía espolear a Rita, la yegua,  con todas sus fuerzas atravesando los páramos a la máxima velocidad que la potente equina le permitía. A lo lejos se divisaba un frondoso y amplio bosque. El caballero, de una considerable altura, iba ataviado con una ligera armadura que le cubría el pecho,  la espalda, y parte de las extremidades. Llevaba los brazos casi al descubierto y calzaba unas botas metálicas. Su larga cabellera oscura se asomaba por debajo de su yelmo. La visera del mismo era bastante curiosa, ya que se abría de arriba abajo al contrario de los cascos convencionales, proporcionándole un aspecto sorprendentemente amenazador.  No era muy corpulento comparado con otros guerreros de Phoenixia pero se vanagloriaba de su agilidad y de su talante. Su semblante serio, perdido en pensamientos que entremezclaban un odio extremo hacia su enemigo y un amor sublime hacia su princesa contrastaban con la cara afable de Rita, la yegua. Rita lucía unos crines que seducían a todos los caballos por su color verde esmeralda, al igual que su rabo rizado que, en ocasiones reflectaba los rayos de sol y creaba un mágico efecto descomponiendo la luz y dejando un halo multicolor a su paso. Su pelaje era de un blanco inmaculado que incluso se tornaba en plata cuando el sol phoenixiano brillaba con intensidad. Aunque galopando a toda velocidad, la yegua no perdía su expresión de tranquilidad. Parecía como si de un momento a otro fuera a ponerse a hablar.

 

 

-Estas loco- dijo Rita- creo que ya lo sabes pero te lo recuerdo. Estás como una chota. Nunca llegaremos al castillo negro.

–        Burra malcarada. Que sabrás tú de amor- espetó Román sin dejar de mirar al frente.

–        Pues por lo visto más que tu. Yo no iría a buscar a una zopenca que no te conviene. Y encima  tan lejos. Y más sabiendo que no te conviene. Le mola otro, le mola ese tal Hyde. ¿Es que no lo ves? No la ha raptado. Ella se ha ido con él. ¿Cómo es posible que no te des cuenta?

–        Vamos Rita, te conozco de sobra. Lo único que te pasa es que te da pereza  adentrarte en las profundidades de esta tierra. Que tienes miedo de que seamos devorados por alguna bestia infecta. Pero la misión que nos aguarda aquí hoy es una misión de amor, y doy fe de que el amor por Julia que nos guía, nos llevara por el buen sendero.

–        Vaya que estás como una cabra… además deja de hablar así; me pones enferma cuando te pones a hablar en ese plan.

Román sabía de sobra que la princesa moriría de amor por él, y que Hyde la había raptado en contra de su voluntad en aquellas confusas noches bajo las estrellas de Phoenixia. Aunque le tenía mucho aprecio a Rita en aquellos momentos pensaba que lo que dijera “una caballa que se teñía de verde el pelo y se limaba el cuerno para parecer más yegua que unicornio” (y de hecho así lo estipula el contrato que le insta a aparecer en este cuento, donde “la señorita Rita debe aparecer en todo momento como yegua, nunca como unicornio” cosa que respetaremos escrupulosamente a lo largo del mismo) no tenía demasiada importancia. Aún recordaba la última vez que la princesa le dijo te quiero, no hace mucho, cosa que recordaba con una extraña sensación de dolor más que de plenitud. Era uno de los muchos pensamientos borrosos que  habían asolado al caballero en los últimos tiempos. Todavía estaba sumido en confusiones y no podía asimilarlos muy bien, aunque había algo de una batalla de Ángeles y Demonios… Y también recordaba una celda en la que él parecía ser un prisionero eterno, de la que brotaban columnas de fuego, pero no sabía muy bien porque. Recordaba un viaje. Algo como de tener que salvar a alguien. Pero al parecer no salió del todo bien y se vio confinado en esa celda. Tenía la sensación de que el mismo Demonio le liberó de la prisión…

 

 

Entrada la tarde, ya en medio del bosque  que vislumbraban horas antes y con un radiante Sol apunto de ocultarse, yegua y jinete llegaron a un claro lleno de vegetación. Las hojas de los árboles se mecían al viento produciendo un sonido relajante que llenaba el cuerpo de frescor, mientras las ardillas correteaban libremente por entre las copas. Se oía el agua de un arroyo cercano en el que diversas especies de aves se posaban a beber.

–        Pararemos un rato a descansar ¿Te parece?

–        ¿Qué si me parece? Diablos Román me llevas asfixiada. ¿Hay chuletas?- comentó la yegua hambrienta.

–        Vaya que si las hay, y de las buenas.

Mientras se calentaban las chuletas en el fuego de una improvisada hoguera en la orilla del río, el viento seguía haciendo aletear las hojas de los árboles que les rodeaban en la oscuridad. Seguramente habría algún lobo acechando. Pero seamos serios; ¿ que lobo en su sano juicio acecharía a un caballero andante de tan torcido porte que además cabalgaba a lomos de una yegua de melenas verdosas? La verdad es que pocos eran los depredadores que se atrevían a tal empresa. Esta no era la primera vez que Rita y Román cabalgaban juntos y, sabían de sobra que no sería la última. Román estaba acomodado en una piedra mientras calentaba su chuleta con un palo. Se oía un ulular cercano.

–        Era una noche como esta ¿sabes? La noche que la perdí. La noche en la que ese rufián de Hyde me la arrebató.

–        Sigue diciendo tonterías, solo conseguirás hacerte daño.

–        Venga yegua. Tu sabes de sobra lo que ella siente por mí.

–        Esta bien. Supongamos que ese tal Clyde…

–        Hyde…

–        ¡Lo que sea! Supongamos que no te la ha quitado por medios legales, o sea cortejándola a la antigua usanza y tal, supongamos que en realidad la ha raptado y la tiene confinada en su castillo negro. Aunque ese fuera el caso…querido Román, no seremos capaces de cruzar los bosques y mucho menos la cordillera, por no hablar del desierto, vamos, mírame por el amor de Dios, solo soy una yegua, no una manada de elefantes.

–        Vamos ,vamos Rita; siempre te pones en ese plan apocalíptico. De haber sido por ti jamás hubiéramos sacado a aquella pobre cría del nido de ratas.

–        Hacía un frío del carajo aquella noche.

–        Y tampoco nos hubiera sido posible ganar las justas Hylianas.

–        Pero Román que soy una yeguita… no me compares con esos pedazo de pura sangres.

–        Bueno… ¿al final ganamos no?

–        Y… sí ¡pero mis quejas tenían justificación! Aquellos caballos eran muy forzudos.

–        Hay que arriesgar para conseguir algo ya lo sabes.

–        Si pero no te desvíes, estábamos hablando de rescatar doncellas y en lo que a mi me concierne…- la yegua hizo una pausa como intentando recordar- ¿recuerdas a aquella mozuela? Como se llamaba ¿Mara, Sara?

–        Clara.- dijo Román mientras el fuego hacía chisporretear las brasas.

–        Eso. Clara. ¿Recuerdas lo que pasó no? Yo te dije que no fueras por ahí y tú ni caso. O aquella otra… Marian ¿Verdad?

–        Bueno si pero…

–        Es que siempre haces lo mismo. Te encariñas como un idiota y no te das cuenta de lo que tienes enfrente de tus narices.

–        No Rita, eso no es así- dijo Román haciendo un gesto de rechazo ante la idea.

–        Reconócelo tío. Eres un inconsciente.

–        Bueno no te puedo negar que me dejo llevar por mi intuición y eso tiene sus defectos pero ya ves. Otras alegrías me a dado. Además, no creo que…

–        Se te quema la chuleta.

–        ¡Rayos!

Y así, entre unas amistosas riñas, nuestros héroes concluían una jornada más de búsqueda. Ya había transcurrido una semana desde que partieron del mar de Onyx  rumbo al castillo y, aunque los ánimos de Rita no eran de lo mejor con lo que se podía contar, Román sabía que lo que le pasaba en el fondo a la yegua era que sentía celos de la princesa. Por supuesto, no entraremos aquí en comentarios acerca de una relación del calibre yegua / humano ya que muy probablemente el cuento se nos saldría de madre… Y hay niños mirando…

La princesa Julia contemplaba el infinito desierto desde la más alta torre del Castillo Negro de Hyde.  Estaba encerrada en una lóbrega celda de adoquines negros. La celda era muy pequeña con un camastro y una pequeña ventana con barrotes. Había también, un agujero en una de las paredes por dónde entraban y salían las ratas totalmente a su antojo. Al principio Julia sentía repulsión, pero al ir pasando el tiempo solo sentía indiferencia y dolor. La princesa lloraba. Se preguntaba porque el destino se había portado tan cruelmente con ella, recluida en aquella lejana fortaleza sin posibilidad de desarrollar sus cualidades innatas. Tenía los ojos de un intenso marrón oscuro, y una mirada que encandilaría hasta al más pintado. Su belleza era tan intensa que sería imposible describir con palabras el sentimiento que producía estar frente a ella. Y cuando sonreía, el Universo sonreía también. Pero ahora sus lágrimas ensuciaban su vestido azul de seda. Tenía el pelo rojízo, y el viento que entraba por la ventana lo movía meciendo los mechones por su cara. Alguien llamó a la puerta de su celda. Se trataba de Eve, el ama de llaves del castillo. Aunque Eve parecía ser muy joven, llevaba más tiempo en el castillo que cualquiera de los otros sirvientes. Aparentaba menos de veinte años y por su vitalidad, daba la impresión de llevar mucha vida en su interior. Mucha energía. Era también enormemente bella, aunque su belleza se encontraba más en sus formas y gestos cariñosos. Apareció con una bandeja llena de comida. Era bajita y tenía una vocecilla tenue y cálida.

–        Cene un poco princesa.- la princesa hizo un gesto de negación- Vamos. Tiene que comer.-rebatió el ama de llaves.

–        No tengo apetito.- contestaba Julia entre lágrimas.

–        Haga un esfuerzo señora. Seguro que esto acabará pronto.

–        Yo no estoy tan segura. ¿Quién se atrevería con Hyde? Me temo que estoy prisionera aquí y lo estaré por mucho  tiempo. – dijo sin esperanzas.

–        Bueno. El amo no es tan malo como parece. Un poco seco.. Sí. Pero no es malo.- comento Eve, como con melancolía.

–        ¿A no? Seguro que a ti no te ha llevado a un lugar tan lejos de tu casa y en contra de tu voluntad como ha hecho conmigo. Yo era feliz con mi amor sabes ¿Por qué ha tenido que venir este hechicero de pacotilla a amargarme la existencia?- contestó Julia con sombría tristeza. Una voz estridente atravesó el castillo de lado a lado. Se trataba por supuesto de la ensordecedora voz de Hyde. El maestro hechicero del Castillo Negro, que llamaba a Eve a gritos desesperados.

–        ¡Eveeeeeeeeeeeeeeeee! Gritaba su profunda voz filtrándose a través de la estructura de piedra negra. El ama de llaves se giró hacia la voz con un gracioso gesto de sobresalto.

–        Ahora debo irme.- dijo-  Por favor coma un poco señora.- concluyó compadeciéndose de su “invitada” antes de desaparecer a toda velocidad. Julia se limitó a seguir mirando hacia el desierto sin secarse las lágrimas de sus ojos.

El Sol alcanzó de nuevo a nuestros intrépidos viajeros. Los pájaros trinaban alegremente por entre las ramas de los árboles y no se dejaba de oír el intenso caudal del riachuelo mientras una suave brisa balanceaba la vegetación.

Rita lamía la cara de su amo con la intención de arrancarle de su sueño profundo:

–        Venga ya Román. Despierta haz el favor. ¿No quieres que vayamos a por la princesa esa?- decía la yegua suavemente, mirándole con ojitos tiernos.

–        Gñeeee- gruñía nuestro héroe todavía con la imagen de la princesa

Julia iluminando su inminentemente interrumpido sueño.- inco miutos..

–        ¿Qué dices pollo?

–        ¡Que cinco minutooos!- gritaba Román haciendo gala del mal

despertar que caracteriza a los de su estirpe.- ¡Que me dejes cinco minutos!

–        Pero que cinco minutos ni cinco minutos… ¿Sabes que hora es?

–        ¿Qué hora es a ver?

–        Debe ser mediodía. El Sol está sobre nuestras cabezas.- Román

abrió los ojos de golpe.

–        ¿Qué dices? ¡Que tarde! ¡Corre! ¡No hay tiempo que perder!-

después de estas atropelladas palabras Román se incorporó de un salto a lomos de su yegua. Evidentemente, Román permanecía mentalmente dormido ya que ni se percató de que Rita seguía echada cómodamente junto a las brasas de la hoguera.

–        Vale Román. Tranquilo. Vete al río y quítate las legañas, y así me dejas un rato para que me lime un poco el cuerno que parece que esta noche ha crecido. Y quítate de encima por el amor de Dios.

–        Estoo.. sí perdón.- dijo el caballero sonrojándose.

–        Tranquilo hombre tranquilo.- añadió Rita con una mueca torcida.

Román se acuclilló en la orilla del riachuelo y se echo agua por la cara. El frescor  que emanaba de ella lo despejó al instante. Pero le dio ganas de ir al lavabo. Se acercó a un árbol y se sacó el instrumento. Mientras se relajaba observando el humillo que salía de su pipi, percibió una figura blanca por el rabillo del ojo. Lentamente giró su cabeza hacia la densa vegetación y fue entonces cuando lo vio. Era un anciano con un extraño vestido blanco que le miraba con una seguridad que hacía estremecer. Estaba plantado en medio de los matorrales, como una planta más. Aunque viejo, estaba lejos de parecer débil.

-¿Quieres algo viejo?- dijo Román en tono persuasivo.

-Pronto lo sabrás.- Contestó el anciano.

Román se lo quedo mirando unos segundos y dijo:

–        ¿Cuándo?

–        Pronto- repitió la voz del anciano. Justo después desapareció. Fue como si se hubiese evaporado.

–        ¿Qué te pasa hombre? ¿Ya estas hablando solo otra vez?- dijo Rita que apareció tras el árbol con su recién limado cuerno.

–        Que va que va. He visto un…

–        ¿Un que? ¿Un fantasma?- Román se quedó pensativo “Pues poco le faltaba” se dijo. Hizo un gesto brusco con la cabeza, como centrándose y exclamó:

–        ¡No importa! Tenemos trabajo que hacer. ¿Estas lista?

–        Venga vamos.- Román se subió a su montura mientras se fijaba en el trocito de cuerno que sobresalía del flequillo de Rita.- Te vas a convertir en toda una limadora al final, Rita…- dijo con una sonrisa.

–        Vaya gracias.

–        Venga vamos allá. ¡R0mpe el viento Rita!- gritó Román.

La yegua empezó a cabalgar dejando tras de si los rayos descompuestos del Sol que creaban un haz de luz multicolor y hacían parecer que nuestro caballero andante iba sobre  un cometa.

Se pasaron bastante tiempo en silencio. Tiempo que Román invirtió para desconcertarse más si cabe sobre el extraño anciano que se desvaneció tras los matorrales. ¿Quién sería ese hombre misterioso? ¿Y porque decía que quería algo de Román?

A medida que avanzaban, la vegetación iba perdiendo poco a poco densidad y los troncos parecían más secos. Se veía predominar el suelo de tierra más que hacía un rato, cuando casi todo era verde. Aún así seguían bien adentrados en el bosque.

–        Oye Román- dijo la yegua- llevas mucho rato sin hablar. ¿Quieres que paremos un rato y charlemos? No me gusta verte así. Y menos por una chica. Es que no pareces tú.

–        Esta vez no es por Julia. Es que me ha pasado una cosa muy rara mientras estaba haciendo pis.

–        ¿Qué cosa?

–        Bueno, he visto a alguien.

–        ¿A quién?

–        Bueno… como a un viejo que quería algo de mí- Rita abrió los ojos de golpe.

–        ¿Un viejo como?¿Cómo iba vestido?

–        Iba como con una especie de traje oriental blanco y cuando le pregunte que qué quería de mí el viejo desa….- la yegua dio un frenazo que catapultó a Román por los aires. Un árbol cercano interrumpió su trayectoria. Las astillas saltaron por todas partes. El crujido de la armadura abollándose contra el árbol hizo que Rita se preocupase por la integridad de su amo. Se acercó galopando hacía Román, que estaba boca abajo apoyado en el tronco con la cabeza en el suelo.

–        ¡Román! Ay válgame que me lo he cargao. ¡Román! ¿Estás bien cielo? Lo siento mucho es que me has sobresaltado…- Román, que veía a la yegua del revés le dijo:

–        ¿Pero tu estás loca o que?- la visera  de su casco se cerró convirtiendo la voz de Román en una sucesión de sonidos enlatados- ¡¡hkz rl abr d scarme dahqui!!- Rita abrió la visera de Román con su pezuña.

–        ¿Estás bien?- le dijo

–        Sí, sí. No me ha pasado nada.- el héroe se incorporó y se dispuso entonces a sacarse el yelmo.

–        ¡No, no lo hagas! ¡No te saques el casco!¡ Podrías estar herido!

–        Que no, que no tengo nada.

–        ¡No lo hagas!- Rita cerró los ojos mientras oía el sonido del casco rozando el cabello de Román.

–        Ya esta. ¿Ves? Aún sigo aquí. – la cara de Rita se oscureció a los ojos del caballero.- Uoou- dijo. Y se cayó de bruces contra el suelo creando una nube de polvo marrón.

–        Ay madre- dijo la yegua. Román se había desplomado como un muerto. La visera se cerró de nuevo tras la caída tapando su palidecida cara. La oscuridad envolvió a Román…

 

Todo nublado aparece en los sueños

una princesa descabellada

que la persigue un precoz caballero

portando sucia armadura abollada

Pero de pronto surge un mangante

que dicen que es un negro hechicero

a San Fernando se lleva a su amante

el caballero queda soltero

Nubla la imagen con la mirada

el caballero de porte noble

no pasa el aire por su garganta

se siente solo ya no es un roble

Más tras las sombras surge la princesa

descabellada para besarle

y tras las sombras en una niebla espesa

el hechicero prueba a conjurarle

Blandiendo un hacha de doble hoja

rompe el amor de aquellas dos almas

caen al vacío, gritan, se mojan

cuando descubren que están en el agua

Y bajo el agua aguantando el aire

manos de algas los llevan lejos

a una confusa ciudad de nadie

a una salita de suelos viejos

Se oye en la puerta un crujido tosco

y el caballero esputa centellas

y la princesa no muestra su rostro

y le suplica que confíe en ella

Y están a punto ya de besarse

cuando el crujido en sus mentes se estrella

pero se besan sin alarmarse

nunca se vio situación más bella

¡Cielos! de pronto el techo se hunde

por Dios princesa no te separes

y el mar bravío entra y engulle

y ella se pierde bajo los mares

El caballero está contra un muro

otra pared se rompe de nuevo

ahora se trata de algo más duro

un submarino carro de fuego

De la presión sale despedido

y casi ahogándose el caballero

llama furioso a su amor perdido

mientras le asedia el carro de fuego

Una explosión lo destruye todo

el submarino se vuelve chatarra

y la ciudad se funde en el lodo

y el caballero grita de rabia

Y más allá del fondo marino

hay una luz que lo cubre todo

Román buceando divisa un navío

y de alistarse pregunta el modo

De que su amor se fue, convencido

se une al navío pirata fantasma

¡ay caballero de porte torcido!

quiere olvidar aquello que ama…

El barco sube saca sus alas

soltando amarras despliega velas

con gran impulso sale del agua

saluda al Sol a la Luna y vuela

El caballero surca los cielos

mientras conversa con las ballenas

sintiendo cerca un suave “te quiero”

que no conoce, que le entra en vena….

 


2.LA BRUJA

–        Échale un poco de agua. Siempre funciona. – dijo una voz que al todavía adormilado Román no le resultaba para nada conocida. Era una voz rota, que difícilmente se podía catalogar como de hombre o mujer. El caballero podía oír el fresco viento moviendo las hojas de unos árboles cercanos. También podía oír un riachuelo. No parecían estar lejos de dónde hacía un momento.

–        Olvídate del agua. Ya estoy despierto- dijo Román como enfadado con la situación. Hizo un ademán de incorporarse pero una pezuña de Rita interrumpió su movimiento.

–        No te muevas anda- dijo la yegua- no quiero estar todo el día velando por un semi-cadáver. Trae agua Cloe – le dijo a la desconocida.

–        ¿Quién es?- preguntó Román sin estar seguro de cómo calificarla sexualmente.

–        Es Cloe, una bruja del páramo- le explicaba Rita mientras Cloe se acercaba a la orilla del río. Era bajita y bastante ancha de cuerpo. Sus andares recordaban a los de un verdugo que esta a punto de cortar la cabeza de su amor secreto. Iba con un vestido y un manto de colores oscuros, casi negros.- estaba recogiendo hierbas para sus pócimas cuando nos vio en el camino.- prosiguió la yegua completando la explicación.

–        ¿Y que hacíamos en el camino? ¿Porqué estoy aquí tirado?

–        ¿No te acuerdas? Me contaste que tuviste una visión de un viejo y yo me sobresalté y saliste disparado contra un árbol.- Román puso cara de parecer recordar.

–        ¡Por todos los… es verdad! Menudo golpetazo. Vaya… Estoy como aturdido.

Cloe se acercó con un recipiente lleno de agua.

–        Toma. Esto te hará bien. Le he puesto unos polvos harán que te recuperes con mas celeridad.

–        Vaya. Gracias Cloe. – se la quedó mirando unos instantes y le dijo receloso -¿Y tú de que vas? ¿Eres peligrosa? Porque si lo eres se va a beber los polvos Rita la cantaora.- dijo el caballero.

–        ¡Oye chaval, un respeto!- dijo la yegua.

–        No te preocupes por mí. No deseo haceros ningún daño. Sé de tu misión. Solo quiero ayudaros. No pasa mucha gente por aquí ¿sabes? Venid a mi casa. Os daré algo para comer.

–        ¿Cómo sabemos que podemos fiarnos de ti?- preguntó el caballero.

–        Se lo de Hyde. Sé lo que te está haciendo. Y sé que Julia te quiere a ti. También sé quien es el viejo al que viste entre los árboles.

–        ¿Vosotros dos habéis estado hablando un rato no?- dijo Román mirando con desdén a la yegua.

–        No te creas…- dejó caer Rita mirando disimuladamente a las copas de los árboles.

–        ¿Vamos entonces?- preguntó Cloe afablemente.

–        Vamos pues. Pero que sepas que no me fío mucho.

–        Ya te he dicho que no tienes porque preocuparte Román. De todas formas, lo verás por ti mismo- concluyó la anciana mientras le alargaba el yelmo, un poco abollado, a nuestro caballero andante.

Las conversaciones del camino fueron de lo más banales. Daban constantes rodeos al tema que hacía que Román hubiese aceptado la invitación de Cloe. La casa de la susodicha no se encontraba demasiado lejos del lugar en que se encontraban en aquel momento. A medida que se aproximaban, los colores del camino iban tendiendo paulatinamente hacia los marrones. Los árboles habían dejado de tener aquella intensidad en el brillo de sus hojas. El viento hacía crujir las ramas. Incluso el suelo, antes cubierto de matorrales y hasta algunos hongos, ahora era más yermo y desolado. Todo había adoptado un tono más estéril. El Sol, que antes lucía con total intensidad, se veía ahora empañado por un manto de nubes oscuras.

–        ¿Hace un día espléndido no os parece?- dijo Cloe.

–        Pero si está nublado- comentó Rita.

–        Por eso mismo- respondió la bruja con media sonrisa. Comentario que hizo dudar de la honestidad de la bruja a nuestro héroe.- ya casi estamos.

Perdido entre los árboles, dejando el camino a la derecha, se vislumbraba una gran piedra con un tejado de paja.

–        ¿Esa es tu casa?

–        No te dejes decepcionar por el exterior caballero. Descubrirás en tu viaje que lo bello casi siempre esta dentro.

–        Si, me lo dicen mucho.- dijo mirando distraídamente hacia los lados.

–        Pues a mí los caballos con los que me cruzo me dicen todo lo contrario.- dejo caer la yegua en tono jovial.

Ya habían llegado al umbral de la puerta cuando Cloe dio tres golpes secos con su bastón. Un sonido orgánico acompañó a la desaparición escalonada de la puerta.

–        Adelante.- pidió la bruja.

–        Bueno casi  que yo me quedo afuera- comentó Rita tímidamente advirtiendo la anchura de la puerta, no apta para equinos o similares.

–        Oh… no te preocupes pequeña yeguita. Aquí hay sitio para todos.- Cloe hizo un movimiento con su bastón y con otro sonido orgánico, el marco de la puerta se ensanchó hasta que la yegua pudo pasar por él.

–        Joder.- dijo la yegua- Si que te conoces trucos.

Realmente Cloe tenía razón. Por dentro, la casa de la bruja era muchísimo más acogedora de lo que parecía en el exterior. Un gran salón presidía la estancia. Había un amplio sofá anaranjado de dos plazas, pero de esos en los que caben tres personas sin mucho problema, al lado de él, un sillón rojo que parecía tan confortable a simple vista como lo era una vez sentado en él. Todo estaba lleno de libros. Algunos ordenados y otros amontonados, aunque sería quizá más correcto decir amontañados, ya que había verdaderas montañas de letras en algunos rincones de la estancia. Había tres amplias ventanas en las paredes, rodeando el salón, aunque en realidad las vistas eran un tanto tétricas. De todas maneras, era un lugar muy cálido y daba la impresión de resultar familiar. Como si siempre se hubiera estado por allí. Se oyó un leve ruido de libros cayendo. Un manchurrón negro apareció por entre unos estantes. Era la gata de Cloe.

–        ¿Cómo está mi pequeña Alita esta mañana?

–        ¿Cómo quieres que este maldita bruja?¿Me has traído lo que te pedí?- inquirió la malcarada gata con voz de cualquier cosa menos de gata. Rita se quedó sorprendidísima cuando vio que Alita hablaba.

–        ¿Una gata que habla?- dijo la yegua con gesto perplejo.

–        ¿Una unicornia que ladra?- contestó la gata.

–        ¡Kaazaam!- Grito Cloe. Y una jaula metálica se creó alrededor de Alita.- eso te enseñará a no ser tan grosera con los invitados. -La gata miraba a la bruja con ojitos tristes.- Puta- masculló entre dientes.

–        Vaya con tu gata. ¿Cuál es su problema? No me lo digas, que habla.- dijo Román mirando a su yegua de reojo. Rita se sentía ofendida por el comentario de Alita sobre su condición mitológica y tenía esa mirada melancólica que florece cuando te acaban de hacer daño.

–        No le hagáis caso. No hay que tenerla en cuenta para nada. Digamos que la tengo conmigo porque me debe varios favores. En varias vidas.

–        Vaya con la anciana.- susurró Román mirando a Rita.

Había una chimenea. Cloe se acercó a ella y susurró en tono melódico- leña y fuego.

Se abrió un armario que quedaba justo detrás de la bruja y varios troncos volaron hacia la chimenea ordenándose perfectamente y conformando un sonido casi rítmico. Una llama recorrió las maderas encendiéndolas al instante. Cloe sonrió. De alguna manera pensaba que había nacido para esas cosas. Era lo que realmente le llenaba. La gata estaba totalmente encajonada en una jaula intencionadamente tres tallas más pequeña que ella.

–        Poneos cómodos.- dijo la bruja- Bueno, tu Rita veo que ya lo estás.- Rita ya se había acomodado encima de una alfombra con unos chillones estampados y su cara decía que estaba a punto de ponerse a descansar.- prepararé algo de cena.- añadió Cloe. Alita, la gata, miró sigilosamente hacia los lados, y cuando se aseguró de que la situación se había calmado, susurró:

–        Oye bruja. Déjame salir. Te prometo que me portaré bien. Ya sabes lo poco que me gusta estar encerrada.- . Cloe la miró de soslayo.

–        Sabes que conmigo a las buenas tienes el cielo ganado. Pero a las malas… uuuuuuh jujuju- sentenció la anciana mientras ponía una olla al fuego.- sal puñetera insensata- añadió. Y por arte de magia la jaula despareció con un sonido de mil pompas de jabón, dejando libre a la gata, que fue corriendo a frotarse en el lomo de Rita mientras maullaba de felicidad.

–        Perdóname yeguita- decía la gata con un hilillo de voz.

–        Vale pero no me vuelvas a llamar unicornia. Por algo me limo el cuerno, narices…- Rita miró a Román haciéndole un gesto ofensivo con la pezuña a Alita. El caballero sonreía.

–        Lo siento- contestó Alita con arrepentimiento mientras se refregaba contra el lomo de la yegua.

–        Vaya día. Viejos que aparecen y desaparecen… Cabezazos contra árboles… Animales que hablan… Brujas haciendo pócimas… Se podría decir que ha sido un día completito.- reflexionó el caballero.

Cloe sonreía de espaldas al caballero andante mientras removía cuidadosamente algo en su olla.

El viento movía constantemente las dunas, lejos de los bosques, en el árido desierto. Julia seguía con el alma partida, apoyada en el marco de piedra de la ventana. Aunque las dunas no dejaban de cambiar, la princesa solo veía arena y más arena. Toda igual. Sin apenas diferencia. No podía dejar de relacionar la soledad del desierto con el negro futuro que le aguardaba, prisionera de un tirano. Aunque pensaba que había alguna posibilidad de que su amado acudiera en su busca, sabía lo lejos que se encontraba el Castillo Negro de cualquier lugar. Una pequeña rata se acercó a los pies de la princesa.

– ¿Tú también quieres salir de aquí verdad?- le dijo más para consolarse a si misma que para intentar comunicarse con un animal con un cerebro tan pequeñito. Mientras tanto el poderoso espíritu de Hyde el hechicero, recorría la totalidad de la existencia, modelando la realidad a su antojo.

Los platos sucios se habían acumulado encima de la mesa del salón de la bruja. Román yacía en un sillón, despojado de su armadura y con las perneras desabrochadas. Había sido la mejor cena que había probado en su vida. Aunque sabía que no podía perder de vista el objetivo de su misión, había algo que le hacía sentirse en paz consigo mismo. Parecía como si por una vez, se sintiera completo. Rita dormía con la pequeña Alita acurrucada junto a ella. El relajante sonido de la madera ardiendo en la chimenea hacía más placentera si cabe, la situación. Por las ventanas solo se veía el intenso color negro de la noche que también ayudaba bastante a crear ese ambiente tan acogedor de la casa de la bruja.

Cloe se acercó a nuestro héroe con un cuenco de barro.

–        Tómate esto. Te ayudara a digerir la cena- dijo la abuela en tono cálido.

–        ¿Ya te he dicho que estaba todo buenísimo? Eres una excelente cocinera.- dijo Román con una tenue vocecilla, casi como si estuviera en trance .

–        Si. Ya me lo has dicho.- dijo la bruja sonriendo. Espera un minuto. Enseguida regreso.

La bruja se perdió por una de las puertas. Mientras Román apuraba el líquido que Cloe le había ofrecido. Sabía a flujo divino. El caballero andante se sentía cada vez más suelto y libre. Apenas si recordaba que la bruja le había prometido explicarle que significaba aquella imagen del anciano entre los matorrales. El recuerdo de Julia era tan solo un borrón en su memoria. De pronto sintió como un viento gélido que recorría su cuerpo por fuera y luego por dentro. La habitación se fue difuminando poco a poco ante sus ojos ,acompañándose de un sonido metálico que se hacía cada vez más fuerte, hasta pasar a convertirse en lo que parecía ser una cueva de hielo. El caballero podía ver el vaho saliendo de su boca. Aunque la visión lo alteró un poco, aún seguía en el estado de relax provocado seguramente por las viandas de la bruja. Entonces fue cuando la vio. A la mujer más hermosa que sus ojos recordaban haber visto jamás. Iba vestida con una especie de camisón de seda que se movía libre con el viento dejando entrever sus contornos perfectos. Su melena plateada se mecía de una forma que desafiaba cualquier ley física mientras  se acercaba sin vacilación hacia un totalmente desencajado Román. Los latidos de su corazón parecían retumbar por toda la cueva mientras los dos ojos como diamantes verdes de la mujer se clavaban en la existencia del caballero. “Bésame”  le decía a Román en su cabeza mientras no dejaba de mirarle. “¿A ti?¿Ahora?” le preguntó Román sin palabras. “Sí, bésame. Hace tiempo que te busco y tu sabes que hace tiempo que sientes algo por mí. Por favor. Bésame ahora. Te deseo”. Un leve silbido de hielo acompañaba el momento.

“Yo te quiero” pensó Román mientras se levantaba de la piedra de hielo que antes había sido un confortable sillón. “¿Cómo te llamas?” Le pregunto. “Como tu desees que me llame”. Se dieron un beso que para sí quisieran la mayoría de cuentos de hadas de la historia humana. Cuando Román cerró los ojos rodeando a la mujer con sus fuertes brazos, sintió algo parecido a un orgasmo, solo que millones de veces más espiritual. Se tocaban. Se sentían muy dentro el uno del otro. El silbido de hielo se colaba entre sus pieles incitándoles a acercarse cada vez más y más. No era tan solo una relación sexual. Era algo más allá de lo carnal. Algo más allá incluso de lo espiritual. El caballero vio las explosiones de color del placer. Se podría decir que llegó a comprender de que estaba hecha la fuente de energía que mueve todas las cosas. Pero, en el momento de máximo éxtasis, apartó los labios de la mujer. “Lo siento”  pensó el caballero, “no puedo hacerlo, me debo totalmente a otra persona. Me debo a la princesa Julia.” La mujer se separó lentamente de Román. Le dedicó una leve sonrisa y le dijo en el fondo de su mente “No te preocupes. No hay nadie que desee más que yo que seas lo más feliz posible”- después de este pensamiento, la mujer le agarró de la nuca y le dio un beso maternal en la frente.

–        Ve- dijo la mujer- eres libre de recuperar a tu amor. Pero recuerda esto: tan solo el verdadero amor consigue volverte loco. Solo cuando ames de verdad serás capaz de remover la realidad y adecuarla a tu situación. Ahora despierta.

Entonces Román durmió durante siglos…

Julia lloraba, pues su amor no llegaría jamás.

Hyde deseaba que la princesa permaneciese con él por toda la eternidad.

Eve sabía que estaba a punto de presenciar una historia con un final amargo para su amo.

Alita seguía durmiendo plácidamente en casa de Cloe.

Cloe preparaba el desayuno como si nada hubiese pasado.

Lilith…  en el fondo de su alma, sabía que no faltaba mucho tiempo…

3. SHENG


–        ¿Ya lo has hecho?- dijo Alita al despertarse.

–        Sí- le contestó Cloe, la bruja.

Eran las ocho de la mañana. Rita escupió una bocanada de agua en la cara de un dormido Román, que se despertó totalmente mojado y desorientado a la orilla del mismo río que habían seguido el día anterior. El cielo estaba azul y lucía un Sol de espanto. El sonido de los trinos de las más variopintas aves que surcaban los árboles y los cielos alegraba la mañana de los dos viajeros. Pero el caballero torcido, mojado y desorientado, no estaba para contemplaciones. Antes de gritarle a su montura, se palpó la entrepierna sorprendiéndose de lo empapado del asunto.

–        ¿Pero tú estas loca o que? ¿Pues no va y me tira un chorro de agua la equinocia esta?- gritó Román.

–        Ya no sabía que hacer. Te he empujado al menos cinco metros.- dispuso la yegua esperando una respuesta de su dueño a la vez que señalaba los surcos dejados en el suelo. Román se tocaba la cabeza, que le dolía como si una manada de rinocerontes hubiera estado tomando clases de claque sobre ella.

–        Madre mía. Tengo una resaca terrible. ¿Ayer que hicimos? ¿Salimos de festejos?

–        ¿No te acuerdas?- dijo la yegua atropelladamente- Estuvimos en casa de Cloe, la bruja del páramo.

–        En casa de…- Román intentaba poner en orden sus pensamientos- si… pero… está… Está como borroso. ¿Seguro que ayer no estuvimos… ya sabes… bebiendo vino?

–        Mmmm. Bueno… estuvimos cenando.

–        ¡Ahora recuerdo! Diablos… ¡Esa maldita bruja! Nos engañó. Nos dijo que nos explicaría lo de esa extraña visión, y en su lugar nos ha debido de lanzar algún oscuro maleficio. ¿No te sientes como con resaca?

–        No pero…

–        ¡Ahora recuerdo! Antes de dormir tuve una especie de visión de una mujer maravillosa. Evidentemente se trataba de un encantamiento de la bruja- decía Román, muy alterado, moviendo los ojos frenéticamente, como escudriñando sus recuerdos.

–        Pero yo puedo…

–        ¡Eso es lo que quería la muy pelandrusca! Quería hipnotizarme para poseerme, vete a saber con que maléfico propósito. Seguro que ni siquiera sabia nada de lo del viejo.

–        Eso es lo que estoy intentando decirte zopenco- cortó la yegua secamente- yo si se algo de ese viejo. ¿No recuerdas la ostia que te pegaste contra el árbol al frenar de la impresión cuando me dijiste que habías visto al abuelo?- La cara de Román era todo un poema.

–        ¿Cómo?¿Tu lo sabías?¿Y porque no me habías dicho nada antes?

–        Lo intenté pero esa mujer, parecía tan segura de si misma que… no se; confié en ella.

–        Pero bueno Rita ¿Tu no tienes instinto animal o que?

–        Bueno al fin y al cabo en realidad soy una bestia mitológica no lo olvides, no se si las bestias fantásticas tienen instinto animal o…

–        ¡No pretendas ofuscarme Rita! Explícame ahora mismo lo del viejo si no quieres que..

–        ¿Si no quiero que qué?¿Qué pasa?¿Me vas a pegar?- le contestó la yegua visiblemente enojada.- Mira que te meto una coz que te mando al Castillo Negro de golpe…

–        ¿Si?- dijo Román en tono vacilante pero asustadizo.

–        ¡Sí!- gruño el animal- Y lo atraviesas con la cabeza.

Después de una breve pausa en el que no dejaron de clavarse la mirada, la yegua añadió.

–        Venga capullo. Que quieres. ¿Qué nos acabemos matando o que?- concluyó mientras echaba un vistazo al mango de la espada del caballero, confortablemente envainada en su espalda. Éste reflexionó unos segundos.

–        Tienes razón yegua. Perdona.- dijo Román con el rabo entre las piernas. Se creó uno de esos silencios incómodos que van tan bien para decir “tierra trágame”.

–        Bueno por esta vez pase- dijo Rita- te explicaré lo del viejo. Pero como me vuelvas a tratar así por Dios te juro que me piro galopando y te quedas tú solo con esta aventura enfermiza.- concluyó muy seria. Román pensó en comentar algo sobre las amenazas de lanzamiento a coces que le había “sugerido” su montura, pero en vez de eso asintió con la cabeza. La yegua se dispuso a contarle lo del viejo a nuestro héroe.- En mi mundo hay una leyenda que habla de unos venerables y sabios ancianos que  habitan en un templo secreto de la más alta montaña del planeta con más vida de todo el cosmos.- Pero antes de que Rita pudiera seguir con su explicación un relámpago verde acompañado de un trueno ensordecedor cruzó el bosque cayendo en el centro del río y salpicando de agua al jinete y a su inseparable montura.

–        ¿Pero que co…?- empezaba a decir Rita. Y antes de que pudiese terminar su frase que seguramente hubiese sido “¿Pero que cojones?” o tal vez “¿Pero que coño?” pudo ver al viejo del kimono blanco. Allí. De pie. En  el centro del río.

–        Perdona que te interrumpa Rita- dijo el viejo. La mente de Rita empezó a considerar las posibilidades que tenia el viejo de adivinar su nombre. Y sabiendo lo que sabia, no le extraño para nada este hecho, ya que, según las historias de su mundo, los venerables ancianos tenían, entre otras muchas facultades, el don de la telepatía. Mientras tanto, Román, sacudiendo fuertemente un dedo meñique en su oreja izquierda para aliviar el pitido resultante del acústicamente insultante  trueno, miraba al viejo con los ojos como platos, con una mezcla de asombro e impaciencia por descubrir de una vez cuales eran las intenciones de ese extraño y luminoso hombrecillo- pero antes de que le cuentes a tu amo cosas que tal vez le confundan, he decidido aparecerme en este momento, y así rescatar a Román de su mar de dudas.- concluyó el viejo, que parecía muy seguro de si mismo.

–         ¿Y que te hace pensar que voy a creerte?¿Por qué no habría de pensar que eres un enviado de Cloe?- dijo Román receloso.

–        Cloe solamente cumple con su función. Tú puedes pensar lo que quieras pero ya te dije que pronto sabrías lo que quiero de ti. Pues bien. Ahora es el momento.- Rita miraba al viejo sin decir palabra. Sus ojos iban de Román al viejo esperando expectante el momento que estaba a punto de llegar.- Estoy aquí dado que hemos visto que tu amor es puro.

–        ¿Quiénes?- cuestiono Román.

–        Eso no tiene importancia ahora. Lo único que importa en este tiempo es que tu misión se vea cumplida con todas sus consecuencias. Estoy aquí para dos cosas. La primera es advertirte de que el camino que has escogido no es fácil.- El viejo se quedó callado, como esperando alguna reacción de Román que permanecía impasible.- La segunda es ponerte al corriente de las pruebas.

–        ¿Pruebas?¿Qué pruebas?- preguntó Román con agonía. Si no tenía suficiente con su propia odisea personal ahora encima había unas pruebas.-¿De que estás hablando?¿Crees que me vas a impresionar apareciendo y desapareciendo o tirando rayos verdes? Pues estás muy equivocado.

–        Las pruebas de las que hablo, son las tres pruebas.- Dijo el anciano.

–        Las tres pruebas- repitió Rita. Román la miró como diciendo “¿Tú también te has vuelto loca o qué?” El viejo al advertir los pensamientos de Román intento tranquilizarle sugiriéndole:

–        Vamos Román. Déjate llevar. Mira al cielo. ¿Has visto que día tan bonito?

–        Bueno, viejo, mira… si  vas a empezar a divagar mejor lo dejamos que tengo  que salvar a una princesita.- perdía los nervios el caballero. El anciano adoptó un porte derrotista, y con la mirada baja y perdida agregó:

–        Jamás pasará las pruebas. Es demasiado impaciente.- dijo  mirando al infinito. Entonces se oyó una voz. Un voz que parecía surgir de todas partes. La voz más preciosa que se hubiera escuchado jamás por aquellos lugares.

–        Vamos Sheng… Ten fe… todos hemos sido impacientes alguna vez ¿No?- era una voz de mujer. Una voz que a Román le resultaba tremendamente familiar. Pero no sabía de que. Pero un momento, ahora recordaba que después de cenar con Cloe tuvo la experiencia sexual más vívida que jamás hubiera soñado. Recordaba esa voz. ¡Era la voz de la ninfa! Pero ¿Qué era lo que estaba pasando?¿Qué era lo que no conseguía ver claro?

–        ¿Eres la muchacha de ayer no? Dile que si lo conseguiré. ¡Dile que estoy preparado!- gimió Román con el corazón de la princesa en su mente.

–        Sí Sheng, tenemos que ayudarle.- retumbaba la voz..

–        Si… pero. Mírale, no es más que un pobre desgraciado.- Decía el viejo con un muy medido desprecio. Román se enfureció y se incorporó de golpe. Se echó la mano a la espalda y desenvaino su sable.

–        ¿Qué quieres decir con eso maldito viejo?- exclamó Román mientras, con paso firme, se acercaba al viejo atravesando el río. Una fuerte bocanada de viento cruzó el lugar moviendo fuertemente toda la vegetación. Las hojas revoloteaban entre ellos mientras el caballero se acercaba.

“Ahora te escucho” pensó el viejo. Sin pensárselo dos veces, y muy asustado en el fondo, Román propinó un poderoso mandoble destinado a partir al viejo por la mitad. El viejo alargó su dedo índice y paró el golpe. Román estallaba de rabia. Rita se sintió muy nerviosa repentinamente. Tenia esa sensación de vacío que se siente cuando las cosas se ponen violentas. El viejo enunció:

–        La primera prueba es…- Román soltó otro espadazo, esta vez al cuello- la búsqueda- aclaraba el viejo mientras usaba su dedo índice  de nuevo para parar el golpe con una más que adquirida maestría. El agua pareció romperse. Cientos de pájaros amarillos de cola multicolor salieron volando en todas direcciones- la segunda es la lucha- Román escuchaba lo que el viejo le decía, pero no paraba de golpearle cada vez con más rabia. Cada vez con más impotencia al darse cuenta de la invulnerabilidad del anciano. Las ondas de los golpes levantaban el agua creando olas cada vez más bastas – y la tercera- Román asestó un nuevo golpe, pero esta vez el anciano no puso su dedo en medio- es la paciencia- en su lugar paró el golpe con su mente. El viento pareció detenerse de golpe. Todo pareció detenerse. Román notó una presión muy fuerte en el mango de su espada. La hoja se resquebrajó y se desmenuzó en mil pedazos. Rita vio como los fragmentos caían en la orilla del río. A ella también le pareció que el transcurrir del tiempo había cesado. Jamás podría olvidar aquella imagen. Olas que se expandían en todas direcciones mientras Román permanecía a un palmo del anciano, con el mango de su espada todavía en posición ofensiva y cientos de gotas de agua, resultantes de la rotura de la hoja, rodeándoles como energía en suspensión. Ella sabía ante quien estaban. Y parecía que Román empezaba a comprenderlo.- y ahora que ya has conseguido enfurecerme ¿me prestaras atención, Román?¿O tengo que demostrarte lo peligroso que puedo llegar a ser?- decía agravando su voz mientras parecía crecer en tamaño.

–        ¿Quién eres?- preguntó el caballero con el semblante muy serio.

–        Eso no debe importante ahora. Lo que debe importante es superar a tiempo las pruebas.

–        ¿Y que pasa si no las supero?

–        No te reunirás con tu amor. Sencillamente.- aclaró el anciano con una harmoniosa pasividad.

–        Vaya. Perfecto. Justo lo que necesitaba oír.- Esputó Román. Rita le hizo un gesto para que atendiera al anciano y se dejase de innecesarias chulerías.

–        No es tan difícil. Tan solo tienes que dejar que el amor que sientes te guíe por el camino. De hecho, no hay nada más fácil.

–        Eso no es lo que decías hace un momento.

–        Hace un momento me has preguntado lo que pasaría si no superas las pruebas. En ningún momento dije que sea una tarea imposible.

–        No, no. Al principio me has dicho que no había escogido un camino fácil.

–        Lo cierto es que muchos no se atreven a atravesar esta senda, pero una vez te adentres en sus entresijos y te olvides de las apariencias, descubrirás que lo único imposible es lo que tu mente impide realizar.

Román puso cara de niño acorralado…

La negra sala del trono…Hyde estaba sentado en su trono rojo. Había muy poca luz. Las paredes de la sala estaban formadas por grandes bloques de piedra negra. Aunque había varios ventanales por toda la sala del trono las cortinas granates no dejaban entrar la luz del Sol. Todas menos la que se encontraba tras el hechicero, por la que si entraban algunos rayos. Los pocos que las nubes negras cargadas de malos presagios dejaban pasar a los aposentos del mal. El dueño del castillo vociferó el nombre de Eve, que acudió rauda a atender a su amo. Éste sentía un apego muy fuerte hacía la aparentemente jovencísima ama de llaves, pero no sabía exteriorizarlo claro está…

–        ¿Qué deseáis mi señor?- dijo con la máxima corrección.

–        Ve a preguntarle a Julia que tal se encuentra hoy. Pregúntale si va a comer conmigo de una maldita vez.- Realmente, Hyde era un ser despreciable por fuera y por dentro. Era insultantemente grande, con una de esas desagradables barbas exentas de bigote. Su traje, aunque no era muy pomposo si dejaba entrever en la calidad de sus tejidos la opulencia que destilaba. También lucía una capa del mismo azul marino que su traje . El reverso, rojo intenso contrastaba con el conjunto de su vestimenta y le otorgaba un toque siniestro que cuadraba perfectamente con su aspecto sombrío. Eve intentó suavizar la situación.

–        Dele un poco de tiempo, amo. Todo ha sido muy repentino para ella, piense que ya estaba prometida…

–        ¡Calla!- interrumpió groseramente Hyde- No quiero que me recuerdes la existencia de ese enclenque mientras viva- decía mientras se ponía ágilmente de pie y se acercaba a Eve mirándola fijamente- Si de mi dependiera ese mequetrefe ya estaría muerto- continuo mientras se acercaba a un ventanal y se asomaba como husmeando- pero hay algo que me impide percibirle. Hay algo que no deja que mis poderes fluyan.- Eve se acercó lentamente a su amo y le dijo…

–        No se preocupe más. Debe de relajarse. Esta historia le está haciendo salirse de sí mismo. ¿Es que no se da cuenta?- Hyde se apoyo en el marco de piedra negra y respiró hondo.

–        Tienes razón Eve. Estoy perdiendo los papeles. Tengo que pensar. Tengo que trazar un plan- decía Hyde con la idea en la cabeza de aplastar a su adversario. – Ve a preguntarle a Julia, después vuelve aquí y dime que es lo que te ha dicho.

–        Si amo – contestó Eve, cabizbaja, y se dirigió hacia el marco del gran vestíbulo principal dando pasos desanimados.

Hyde la miró. Eve parecía mostrar mucho apego a la princesa Julia. Por un momento pensó en que tal vez se le podría pasar por la cabeza ayudarla a escapar o algo parecido. Pero desecho ese pensamiento muy deprisa. Eve nunca le seria infiel, ni haría algo que perjudicase a su amo. Ya llevaba muchísimo tiempo con ella. Siempre había estado a su lado y siempre apoyándole en todas las decisiones que tomaba. Incluso mostraban tener una conexión especial en ciertos momentos. Además, Hyde sabía que habían estado juntos en otras vidas, y sabía que podía confiar plenamente en ella.

Pero Eve caminaba con pasos desanimados. Porque Eve se sentía culpable….

4.POCIMA

La Cordillera de Vértebras se extendía de norte a sur por toda la tierra de Phoenixia. Eran una serie de montañas muy altas y particularmente escarpadass. La gran mayoría nevadas en sus cimas durante todo el año. En gran parte de ellas había crecido una planta muy rara llamada minerachal, llamada así por que un porcentaje muy alto de su composición era de origen mineral. Eran entre una especie de cardos borriqueros y estalagmitas, y la gran parte del suelo de esas montañas estaba plagado de ellos.

Dos pequeños dragones verdes, aunque según la opinión de cada cual, bien podrían ser dos lagartijas, estaban disfrutando plácidamente del intenso  quemar del Sol  que calentaba la piedra en la que se encontraban, al lado del sendero que atravesaba la montaña Pócima. Uno de ellos sacó su lengua produciendo un escalofriante sonido reptiliano. El otro le miró y le dijo:

–        ¿Te has dado cuenta de que llevamos tres días sin movernos de aquí? ¿Podíamos ir a comer algo no?

–        Que te den- replicó su escamoso compañero con los ojos cerrado y”mirando” al Sol. Entonces oyeron los pasos y la tenue voz de Sheng, el anciano.

–        Viene gente.- dijo el primero dándose la vuelta y oteando en el camino.- ¡Por todos los mosquitos!¡Es ese viejo!¡El maestro Sheng!

–        Mira compadre. Como si es el mismo Diablo. Yo de aquí no me muevo. Se está calentito…- aclaró en tono tranquilo.

–        ¿No has oído lo que dicen por ahí? Dicen que come reptiles y anfibios. Hay incluso algunos que hablan de que se comió un dragón de fuego.- La lagartija pasota se sobresaltó:

–        ¿Cómo dices? ¡Corre! ¡Rápido!

Román se acercaba con Rita y el extraño anciano al pie de la montaña Pócima, la más cercana a los bosques que estaban a punto de dejar atrás. El caballero andante caminaba confuso. En su cara se podía leer que no estaba comprendiendo completamente su función en el marco argumental de la aventura en cuestión. Miraba hacia abajo y hacia arriba como calculando, incluso parecía llevarse algunas con los dedos.

–        Vuélveme a explicar lo de las pruebas Sheng.- exclamó Román con desdén. El viejo Sheng hizo un gesto de negación con la cabeza como si no confiase en las aptitudes del caballero.

–        Te las repetiré una vez más, pero esta vez, haz el favor de prestar atención, todo tu futuro depende de eso. No te evadas perdiéndote.- Rita miró a su amo con desaprobación. Este le respondió la mirada con un gesto burlón. Ninguno de los tres advirtió que dos pequeños lagartos se ocultaban tras las sombras a su paso.

–        Uf. Que descanso- susurró el lagarto pasota.

El Sol de Phoenixia lucía con gran intensidad aquella mañana. Los viajeros llegaron a una gran explanada que colindaba con la Pócima. Decidieron parar y comer un poco antes de adentrarse en la cordillera. Rita confiaba en el viejo, cosa que hacía que Román confiase también.  Cloe había llenado las alforjas de Rita con provisiones varias. Y aunque al principio desconfiaban un poco, el viejo Sheng les dijo con seguridad que no tenían nada que temer. Sobretodo se trataba de varias frutas exóticas, y algo de pan, era un pan muy suave, como comprobaron al comerlo. También había algo de embutido y un poco de un raro zumo azul. Después de comer, Román se sentía más fresco y ágil que nunca.

–        Presta atención muchacho, de esto depende tu futuro.

–        Sí, sí … ya me lo has dicho hace un momento. Que pretendes. ¿Deprimirme o qué?

–        Por una vez-  gritó el anciano casi perdiendo los nervios – procura centrar tu atención en mis palabras y deja de divagar por tus mundos imaginarios. Lo que te estoy diciendo esta plagado de verdad.- Rita le dio un empujón de advertencia a su amo.

–        Tío- le dijo- a ver si estas un poco al loro.

–        Tienes razón. Perdona Sheng.

–        Que no se repita si es posible- dijo el anciano con el semblante muy serio.

–        Perdón- repitió el caballero.

–        La primera prueba consiste en el arte de la búsqueda, la segunda en el arte de la lucha, y la tercera en el arte de la paciencia.

–        ¿Y porqué tres pruebas? ¿Y porqué esas?

–        ¡Déjame acabar caramba!- exclamó el viejo gesticulando con los brazos.

–        Esto.. perdón. Continua por favor.

–        Como decía, en la primera prueba deberás demostrarte a ti mismo tus cualidades en la búsqueda de tesoros- Román no entendía bien esta parte, de hecho no entendía nada, pero esta parte le chocaba bastante. ¿No se suponía que tenía que encontrar a la princesa?¿Qué más búsqueda que esa podía haber?¿Y que rayos tenían que ver los tesoros con todo esto? La verdad es que nunca venía mal encontrar algo de dinero, y más después de haber invertido el premio de las justas de Leuret en aquella… romería. Aunque se sintió tentado de preguntar el porque, se abstuvo, ya que el viejo no parecía tenerle en una alta estima. Intentó no poner cara de demasiada perplejidad y le dejo continuar.  -Ya que, solo aquel que domine a la perfección el secreto de la búsqueda, será capaz de enfrentarse a sus miedos y mantener el amor por toda la eternidad; la segunda prueba consiste en la lucha. Descubrirás a lo largo del combate que se trata más de una lucha interior que de un combate contra el mal.- Román pensó automáticamente en Hyde. No le conocía personalmente pero estaba deseando reducirle a cenizas. No sabía como iba a hacerlo pero para eso el destino le había puesto frente al estrambótico anciano. El viejo le diría como. De nuevo se sintió tentado de preguntar, pero en vez de eso, dejó que el viejo continuase.- Por último deberás enfrentarte a la prueba más dificultosa de todas. Una prueba en la que no pocos han sucumbido. Es sumamente importante que comprendas el significado de esta prueba y su importancia en el tiempo.- Román hizo un ademán como de preguntar algo; Sheng lo vio y levantó su dedo índice con una expresión muy seria en su rostro. El caballero interrumpió su curiosidad.- Es importante que entiendas el significado de la paciencia, la última de las pruebas. De lo contrario te será muy difícil recuperar a tu amor. Por no decir que tal vez sea una tarea imposible. No puedo explicarte mucho más acerca de las pruebas porque tu mismo debes ir descubriéndolas a tu propio ritmo. Aunque te recuerdo que no tienes ya mucho tiempo.- el viejo hizo una pausa como esperando alguna interrupción del caballero andante. Al no haber tal interrupción, el viejo prosiguió.- Respecto a las preguntas que me formulas te diré que estás tres pruebas son la representación física del amor puro en esencia. No hay otras tres que expliquen en el interior de uno mismo el verdadero significado del amor como estas tres. Muchos han sido los que lo han intentado, y aunque la mayoría han creído encontrar el amor verdadero, pocos han sido los que han comprendido realmente el cometido de esta misión.- Román miraba con el semblante serio perdido en el infinito.

–        Yo ya lo entiendo viejo. Créeme. No hay nadie que ame tanto a Julia como yo. No hay nada que ansíe más que recuperarla.

–        ¿Entonces por que la dejaste ir?- inquirió el anciano con un tono de voz totalmente distinto. Aunque Román no sabia bien porque, estás palabras le hicieron un daño muy profundo en su corazón.

–        Yo no la dejé ir- respondió el caballero con un hilillo de voz.- el hechicero me la arrebató- Rita miraba hacia el cielo como esperando un arreglo de Dios.

–        Todo depende del punto de vista. No es lo mismo sentir apego o cariño, o una unión especial, que comprender en esencia lo que significa realmente amor.- continuó el viejo mientras Rita lo miraba con los ojos llenos de esperanza- de todas formas ya has perdido mucho tiempo. El resto del camino tendrás que hacerlo tú solo. ¿Tienes alguna pregunta más antes de partir?

–        Si- contestó Román casi sin dar tiempo a que Sheng terminase de formular su frase- no me ha quedado clara la parte de la búsqueda. ¿Cuál es el tesoro que tengo que buscar exactamente?

–        Como te veo un poco perdido te diré que debes adentrarte en las profundidades de la montaña del Verdugo. Allí hay una cueva. En ese lugar encontrarás un tesoro. Un tesoro que te ayudará en tu misión y muy probablemente te acompañará el resto de tu vida.

–        ¿Pero como pasaremos a través de la cordillera? Todo esta lleno de minerachales.- preguntó Rita con inquietud.

–        Evidentemente ya había pensado en eso. Por ese motivo tengo algo para vosotros. Para ti Rita, tengo algo para tus patas que te hará el trayecto más llevadero. – el viejo hizo un gesto muy rápido de arriba abajo con su mano y cuatro herraduras de un metal dorado sustituyeron a sus viejas herraduras de hierro. La yegua se sorprendió.

–        ¡Vaya herraduras!¿Son de oro?- voceaba. Empezó a patear el suelo con todas sus fuerzas.

–        Con estas herraduras ya no habrá terreno que  te doblegue Rita. Y en cuanto a ti, mi joven aprendiz, tengo algo que te será harto útil.- el anciano metió una mano en el interior de su kimono blanco. Una muy resplandeciente luz blanca salió de su interior. “Y ahora es cuando explota y nos vamos todos al infierno” pensó el caballero. Pero no. En vez de eso y de una forma ilógica una gran espada reluciente surgió de su interior. El Sol Phoenixiano se reflejó en su hoja deslumbrando a un ya de por si deslumbrado Román- Esta espada estára conectada a partir de ahora con tus sentimientos. Aprende a sentir para poder luchar como es debido.- Cuando Román sostuvo la espada en sus manos una sensación de plenitud le inundó el alma. Sintió algo muy parecido a la sensación que tuvo con la ninfa de la cueva de hielo, aunque no recordaba muy bien ese episodio, pero no pudo evitar sentir una sensación familiar… – No habrá minerachales que se te resistan. Aunque no esperes que la segunda prueba vaya a resultarte más fácil gracias a la espada.

–        Descuida. Por muchos poderes que tenga el infame Hyde, mi amor hará que lo reduzca a un triste grimorio para brujos novatos. Si es que llega.

–        La verdad es que empuje no te falta- tuvo que reconocer el viejo- pero con eso no es suficiente.

–        No eres muy positivo que digamos.

–        Yo solo pretendo ser realista. No quiero que te lleves un desengaño cuando veas lo que oculta este oscuro affaire.

–        ¿Y que es lo que oculta este… oscuro affaire?- repitió Román sin saber muy bien que decía.

–        Lo debes descubrir por ti mismo. Ahora debo irme. Hay un muchacho muy lejos de aquí que esta a punto de perder el alma.

Y sin más, el anciano desapreció. Volvió a evaporarse como el día anterior entre los matorrales, acompañado de un eléctrico resplandor verdoso. Román miró su nueva espada. Daba la impresión de poder partir cualquier cosa. Puso cara de resignación y dijo mirando a su yegua:

–        Maldito viejo escurridizo. Que agenda más apretada. ¿Qué crees que quería decir con eso de que seguramente el tesoro me acompañaría el resto de mi vida?- preguntó Román. La yegua que todavía estaba dando saltos de alegría por lo de las herraduras le miró completamente sonriente y le dijo:

–        ¿Pero ya has visto mis herraduras?¿No son la leche?

–        Tu si que eres la leche. Anda para quieta que tenemos que seguir.- ordenaba Román. La yegua bajo el torso suavemente, sin dejar de sonreír, para que su amo se deslizara por él y cabalgasen a través de las montañas.

–        La verdad es que no tengo ni idea Román. Lo mejor es que lo averigüemos nosotros mismos.

–        Tienes toda la razón yegua. ¡Rumbo al Verdugo!- gritaba Román alzando su flamante espada al cielo, con energías renovadas tras la comida de Cloe. Yegua y jinete cabalgaron juntos hacía el atardecer de las montañas.

La noche alcanzó el Casillo Negro. La oscuridad lo envolvía todo en el desierto. Eve corría escaleras abajo con una montaña de ropa arrugada en dirección a la sala de lavado. Era una sala no demasiado grande, también construida con grandes adoquines negros. Unas curiosas máquinas que disponían de un tambor que giraba, se encargaba de lavar las prendas del personal del castillo, mientras que la ropa de Hyde debía ser lavada a mano. Depositó cuidadosamente las prendas en  un barreño con gesto afable, cogió una pastilla de jabón y se dispuso a frotar.

–        ¿Crees que es razonable lo que haces?- era la voz de Francis, el mayordomo primero de Hyde y primer oficial del Castillo Negro que aparecía por entre las sombras. Iba ataviado con un traje oscuro de cuello alto. Su pelo era lacio y le llegaba a la altura de los hombros. Era muy delgado. Los demás lo llamban “el saco de huesos” a escondidas. Eve se sobresaltó, pero al momento recobro la compostura al reconocer la voz del fiel sirviente de su amo.

–        ¿Qué si es razonable el que Francis?- inquirió el ama de llaves en tono punzante.

–        ¿De verdad crees que no me he dado cuenta?¿Acaso crees que no te veo hablar con la princesa por las noches? Se lo que pretendes. Quieres que la princesa desaparezca para robar el corazón de Hyde. Quieres ayudarla a escapar. Te he visto por los derredores del castillo buscando alguna salida. Si crees que soy estúpido infravaloras las posibilidades de tu amo.- dijo Francis muy seguro de si mismo.

–        No creo que seas estúpido Francis- repuso Eve- más bien me parece que tienes un desequilibrio mental- continuó mientras le apartaba suavemente con un brazo para sacar más ropa del barreño.

–        No vas a poder engañarme Eve. Te conozco. Pero Hyde tampoco es un idiota. Se dará cuenta el solo. Y seguro que yo estaré allí para verlo.- sentenció el mayordomo. Y se deslizó silenciosamente atravesando la oscuridad de los pasillos. “No si tú también desapareces” pensó Eve mientras frotaba un corsé.

Oomph! (Wahrheit Oder Pflicht)

 

5. A LOS PIES DEL VERDUGO

El Sol despuntaba por entre los agudos picos de la cordillera de Vértebras. Román tuvo tiempo para pensar en Cloe en la primera sección del todavía no muy angosto camino. Un personaje singular. Le había engañado, envenenado y hecho tener un extraño sueño. Pero la ninfa de su sueño había estado hablando con el viejo. Y después habían encontrado aquellos manjares en las alforjas de Rita que hacían que ahora se sintiese tan en forma. La yegua también parecía cabalgar como nunca antes. De vez en cuando tenían que ir más despacio para cercenar el camino de minerachales. Mientras Román blandía su espada contra los extraños “minerales/vegetales” Rita se miraba el cuerno con cara de pocos amigos. “Cada vez crece más rápido el cabrón” decía para sus adentros. Al fondo, casi en el horizonte, se veía la angosta montaña del Verdugo, rodeada de negros nubarrones en su cima. Unos animales voladores, semejantes a buitres carroñeros pero de un apagado color granate y de un tamaño insultante, graznaban sobre las cabezas de nuestros héroes… por llamarlos de algún modo…

–        ¿Crees que Cloe y la ninfa son la misma persona?- preguntó el caballero.

–        ¿Qué ninfa?¿Estas bien? Deja. Ya corto yo.- dijo Rita haciendo un ademán de agarrar la espada.

–        Para ya, yegua deslenguada. – gritó el caballero apartándose -La ninfa que se me apareció en sueños.

–        Pero a ver. Si se te apareció en sueños como esperas que sean la misma persona. Un sueño es un sueño y una vieja bruja es una vieja bruja Yo que se ¿sabes?- vociferaba la yegua mientras se buscaba una lima en una de sus alforjas.

–        Pero habló con el viejo allá en el bosque. ¿No lo recuerdas? Lo oímos los tres.- La yegua miró hacia los lados como buscando alguna pega.

–        Bueno vale- dijo – pero no la vimos, o sea que tal vez pudo ser una alucinación colectiva- Román se apoyó la espada en el suelo y miró a la yegua.

–        Mira individua, tu tienes un problema. Cada vez que comento algo de una chica tu te empiezas a poner negativa y a buscar- se detuvo a meditar la palabra-inconvenientes  dónde no los hay.

–        Eso no es verdad- gimió la yegua.

–        Anda que no- dijo él.

–        Yo solo se que todo esto es muy raro.- añadió Rita mientras empezaba a limarse el cuerno con fruición.

–        Vaya yegua. Felicidades. ¿Y cuando te has dado cuenta?¿Tal vez con el extraño rapto de Julia? ¿O con el viejo del kimono que aparece y desaparece?¿O a lo mejor con la gata parlanchina de Cloe?

–        Ya te estás empezando a poner borde otra vez.

–        Lo siento yegua, perdona- se excusó Román calmando sus nervios- es que el asunto me supera. Mira, ya casi estamos en el otro lado.

Siguieron cortando el poco minerachal que les quedaba para llegar al otro extremo del sendero. “Hay que ver como se pone por unos comentarios de nada” pensaba “jhm…humanos” añadió en su interior. Román seguía en su atadura de cabos intentando relacionar a la vieja con la ninfa o con el extraño anciano. “Esta claro que el viejo en algún momento ha adiestrado a la ninfa”  se decía “con lo cual puede ser que lo hiciese hace muchísimo tiempo porque el viejo destila vejez, así que puede que tal vez sí que sea cierto y Cloe y la ninfa sean la misma persona. ¡Que asco! ¿Y porque me ha querido besar? Aunque tengo que reconocer que con esa forma de ángel era totalmente irresistible”en ese momento Román suspiró.

–        ¿La princesa?- dijo Rita distraídamente.

–        Eeh… sí, así es- disimuló Román.- bueno, por aquí ya pasas. – proseguía indicándole a su montura el camino abierto-Deprisa, no hay tiempo. Nos hemos desviado sobremanera.

–        Si. Un montonazo. El Castillo Negro queda ahora muy al sur…

–        Espero por el bien de ambos que ese viejo sea de fiar, yegua. Si no estamos acabados.- sentenció mientras se subía a la montura del unicornio de camuflaje.

–        De eso puedes estar seguro. Se lo noté en su presencia. No olvides que…

–        Si, lo se lo se, que eres un animal mitológico y como tal tienes un sexto sentido para eso…

–        Ni yo lo hubiera explicado mejor- dijo la yegua en una carcajada- De quién no me fío es de Cloe y de su encarnación de ninfa.

–        Si claro. Tu siempre con tus celos.

–        ¡No son celos! Mira que freno y te dejo atravesar por un minerachal.

–        ¡Condenada vacaburra!

 

La montaña del Verdugo se erigía imponente ya sobre ellos. Apenas había algo de vegetación, algunos matojos a medio secar y algún que otro árbol perdido. Un poco más arriba, había una respetable acumulación de árboles y poco más. Todo estaba sembrado de unas rocas grises que soltaban una especie de polvillo blanco al paso del viento. Los buitres rojizos gigantes , que acompañaban a nuestros intrépidos rescatadores desde su llegada a las Vértebras de Phoenixia, graznaban cada vez más deprisa hasta crear un sonido decididamente atronador.

–        Joder con los bicharracos.- Rita empezó a imitar su graznido.

–        Eso. Encima ponte tú también. Solo faltas tú.- exclamó el caballero, aunque su voz se hacía casi inaudible por los “graznidos” de Rita.- ¡Para ya unicornia!

–        Vale jolín. Era por hacerlo todo un poco más distendido.

–        ¿Distendido? La madre que te…- Rita giró la cabeza en un instante hacia su amo.

–        ¡Oye!- le dijo.- A mi madre ni mentarla.- Román le dio unas suaves palmadas en el cuello.

–        Mira- observó el caballero- aquello parece un letrero. Párate allí.

La yegua obedeció y en pocos segundos alcanzaron el cartel, que decía así:

Au miradour

Au cova do luç

Y una flecha que indicaba la dirección a seguir.


–        ¿Quién coño ha escrito esto?- injuriaba la yegua visiblemente indignada al no entender ni una palabra, prueba inequívoca por otra parte de que jamás estuvo en Brasil.

–        Relaja bicha, relaja. Esta bien claro. Dice que la cueva de la luz y el mirador están en esa dirección- dijo señalando con el brazo hacia un desdibujado sendero. Mientras los dos miraban instintivamente hacia donde apuntaba el brazo de Román, una especie de “serpa”  atravesó la imagen. “¿Y eso?” se preguntó atónito el caballero.

–        Vamos a Rita- susurró refiriéndose claramente a la peculiar figura. Se acercaron despacio.- Disculpe- dijo Román- ¿Seria usted tan amable de indicarnos el camino hacia la cueva del monte del Verdugo?- era muy bajito y achaparrado. Vestía una especie de abrigo de pieles y tenia un gorro que le cubría las orejas y que solo dejaba ver sus oriundos mofletes y sus ojos picarones.

–        Ohh Tu camino buscas. De la de lus cueva sí. Lejos todavía sí. Aliba todo, aliba todo- y gesticulaba con los brazos apuntando al cielo- aliba de nubes- Hay cueva sí. Tu animal no podlá subir. No fuelte. Se nesesita dlagón pala llegal  aliba de todo sí.

–        Tu no sabes con quien estás hablando extraño hombrecillo oriental.- dijo la yegua con expresión chulesca. El hombre puso unos ojos como platos entonces

–        Tu caballo puede hablal. ¡Es un milaglo! Tomal tomal, yo legalal mi viejo abligo sí. Te vendla bien pala aguantal el flio de alla aliba.

–        ¿Y tu que? Te va a dar algo.

–        No te cleas. Mi casa estal muy serca y plonto descansale sí. Tu tlanquilo y lecuelda. Sube hasta aliba de todo sí.

El extraño oriental sonrió al caballero cerrando mucho los ojos  y se alejó dando unos pasos muy rápidos. La yegua y Román se lo quedaron mirando.

–        Que hombre más singular- dijo Román con el abrigo de pieles todavía en la mano. Se lo quedo mirando y se dispuso a probárselo. Aunque llevaba la armadura, el abrigo era lo suficientemente ancho para poder ponérselo encima sin ningún problema.- sí que parece que abriga sí.

Mirad ese extraño pajarraco. Que horribles graznidos suelta, lo se.  Tan altivo. Acechando a su presa. Lejos, en el aire. Fuera de todo peligro. Una piedra del tamaño de un puño se acerca volando intimidante desde le cercana montaña del Verdugo dejando a su paso un rastro de humo blanco. De fondo, nubes grises. El pájaro deja caer un ruido casi antinatural cuando la roca le golpea certeramente en el cráneo. Su compañero de círculos aéreos sobre posibles víctimas, observa un segundo la grotesca imagen de su amigo a punto de morir y efectúa un picado en formación evasiva. En pocos segundos se pierde montaña abajo. Dicen que después de eso dejo el mundo de los cuentos…

El suelo de piedra de la montaña del Verdugo tembló cuando el animal de unos siete metros de largo de ala a ala, abatido de una pedrada por Román,  cayó sin conocimiento golpeándose de nuevo en su ya inactiva cabeza. Decididamente estaba muerto.

–        Para que aprendas a acechar a la gente. ¡Pues ahora tú eres la presa capullo!¡¡Groaaaaark!!!!!- vociferaba la yegua con expresión triunfal imitando torpemente su repugnante graznido.- Nos vamos a poner las botas.- concluía repiqueteando en la roca con sus herraduras doradas.

–        Debe de estar bastante muerta ¿no?- preguntaba el caballero a la vez que se guardaba su honda en el interior de su recién adquirido abrigo.

–        ¿Estás de guasa?¿Tú has visto el talegazo que se ha pegado en todo el cráneo?- se alteraba Rita.

–        Tienes razón. En fin. Pues nada. Vamos a ello.- y se acercó a la bestia desenvainando la espada.

La noche les alcanzó comiendo pechuga de pájaro inmundo a los pies del Verdugo. En poco tiempo habían construido un improvisado campamento en un recodo del camino que gozaba de una hendidura en la roca. Como una pequeña cueva. Román estaba a punto de conciliar el sueño. Rita miraba hacia los lados escudriñando los alrededores. Apenas se oía el canto de los grillos. El fuego de la pequeña hoguera que habían encendido les iluminaba el rostro de un modo misterioso. Eso, mezclado con el blanco resplandor de la luna y las estrellas, le daba a la escena un tono cálidamente místico.

–        Me da la impresión de que alguien nos está vigilando Román- anunció la yegua con tono de preocupación.

–        No te preocupes yeguita. Duerme que mañana va a ser un día largo.- contestó el caballero quitándole hierro al asunto.

–        Tremendo el caso que me haces oye. Desde luego… Esto es increíble.. ¡Román!- gritó en voz baja- Que te digo que nos miran- no hubo respuesta por parte de Román- ¿Román?- un leve ronquido surgió de la boca del caballero- será cabrón- añadió la yegua, y se dijo a si misma que permanecería alerta en todo momento…

-Alerta en todo momento…- repetía Rita de vez en cuando mientras el Sol, ajeno a toda aventura o desventura, empezaba a abrirse camino por las montañas. Los ojos de la yegua estaban inyectados en sangre y de vez en cuando uno de los dos o los dos a la vez, se cerraban dejando a la yegua con una expresión que la hacía parecer un muñeco de feria. Los pájaros trinaban en un árbol cercano. La yegua cayó de bruces contra el suelo muerta de sueño- Joder. Mierda.- dijo como si nada tuviera importancia. Se quedó en esa postura de cabeza contra suelo y rompió a dormir.


Román abrió un ojo seguido de otro. Había pajaritos alrededor suyo. Y ardillas. Y unos conejitos. Román sonrió. Entonces miró a la yegua y soltó un bufido. “Pero como puede dormir en esa postura?” se preguntó a la par que le daba un suave puñetazo para despertarla. Era una yegua de sueño débil.

–        ¿Eh que?- dijo Rita.

–        Buenos días yegua. Que… ¿ha venido alguien a atacarnos?- preguntaba Román en tono burlón.

–        Anda calla que no veas que paranoia. Te juro que parecía que había alguien por ahí detrás del árbol o por ahí atrás.

–        ¿Y que ha pasado; te has caído?

–        Buf no me hables… En fin… ¿Eso es un manzano?- dijo señalando con el hocico al ya mencionado árbol cercano y obviando completamente el tema de su siesta.

–        Lo es, sí- contestó Román sonriendo.

–        Pues venga a desayunar un poco que aún nos queda mucho trozo.

–        Vaya tela- dijo Román.

–        Anda mira, animalitos.- observó la yegua. El despertar animó a los dos amigos. La fruta fresca, los animales corriendo libres, acompañándoles en el desayuno, los rayos de luz de Sol, que parecían más vigorizantes que nunca. Era evidente que se sentían contentos. Al poco tiempo, la marcha continuó montaña arriba.


6. ALREDEDOR NO HAY NADA

En lo más alto de la montaña del Verdugo, casi en la cima, se encontraba la entrada de la cueva. No tenia nada de especial. Ni una puerta, ni una inscripción; nada. Pero tenía un par de estalactitas justo en la boca que le daban un aspecto amenazador, si bien no tanto como si hubiesen esculpido dos demonios en los lados aunque de todos modos la intención era darle un tono más bien corriente. No se veía un paisaje maravilloso. Solo un manto gris que lo cubría todo y un humo blanco que surgía de las rocas a poco que el viento soplase. Si alguien se asomaba al borde del precipicio tan solo vería medio metro de roca. Mas allá solo gris. La cima no estaba a muchos metros pero por supuesto no se veía. Solo se veía el gran nubarrón que lo cubría todo. Y entre la bruma, a unos metros de la entrada de la cueva, sentado en una roca plana, estaba el achaparrado hombrecillo oriental, con sus endurecidas manos sometidas a un intenso frío durante todo el año, prensando un poco conocido tipo de hierba en una especie de pipa de mimbre. No se podría decir que estaba sonriente pero de hecho si se le miraba durante unos segundos, daba esa impresión. Se oían unas voces que llegaban del camino. El señor oriental alzó la vista y dijo en voz alta:

–        Ya llega el héloe del unicolnio mágico sí.- y soltó una extravagante risita.

Y así era. El yelmo de Román aparecía botando por el sendero, cabalgando a Rita, que estaba a punto de pisarse la lengua de cansancio.

–        Bueno pues ya hemos llegado- comentaba Román.

–        Que ya era hora por otra parte.- se quejó el caballo parlante.

–        Esa debe ser la cueva.- dijo mirando a la obertura en la roca- acerquémonos.

Cuando estuvieron ante la entrada fue como si una bocanada de poder surgiera del interior de la cueva. Vino directa hacia ellos. Una especie de onda los atravesó provocándoles un cosquilleo en su interior. El cuerno limado de Rita que, apenas si se podía distinguir un pequeño tocón, creció de golpe acompañado de un sonido de sierra hasta alcanzar su longitud máxima.

–        ¿Qué narices ha sido eso?- gritó Román impresionado.

–        Joder- dijo la yegua mirándose el cuerno con sensación de haber invertido un tiempo valioso para nada.- esto no es serio. Entonces, como introduciéndose de forma sigilosa entre el ruido del viento y los pensamientos de nuestros intrépidos viajeros, apareció la inocente voz del hombrecillo oriental.

–        De ahí dentlo solo salil lo que tu lleval.- dijo el hombrecillo crípticamente. Román lo miró perplejo. Estaba sentado a unos diez metros de ellos, envuelto entre la bruma.

–        Pero.. ¿tú no estabas…- se interrumpió a si mismo mientras apuntaba hacia abajo con una mano. La yegua solo tenia un pensamiento en su mente “¿que cojones ha pasado con mi cuerno?”.

–        Tú no pensal en la distancia sí. ¿Crees que estás muy lejos de tu amol veldad?- preguntó el pintoresco oriental mientras se bajaba de la roca en la que tenia aposentados sus partes bajas. Se miró la pipa y susurró algo en un idioma que Román no conocía. Entonces le dio una calada a la pipa que emitió un sonido de hierba incandescente, audible por encima del fuerte viento, los pensamientos de Rita y Román y por encima también de las palabras del propio hombrecillo oriental, que se acercaba al caballero diciendo.- No debelias juzgar los acontecimientos pol la distancia a la que te encuentles de ellos.

–        No…pero- trataba de defenderse el caballero.- ¿como has llegado tan deprisa?¿Dónde esta tú caballo?

–        Ya debelias habel aplendido que en esta vida, nada es lo que palese.- Román miró a su alrededor.

–        ¿Y que haces aquí? – el hombrecillo sonrió extrañamente, le dio una calada a su pipa y dijo.

–        Solo he venido a pol mi abligo. Es pala el camino de bajada sí. No quielo que me de una pulmonía…

Román no entendía nada; miró a la yegua que le regaló una mirada de complicidad, lo que le hacía suponer que esta tampoco se enteraba de mucho. Román estaba harto de tanto acertijo y tantas vueltas alrededor de no se sabía que, así que, se sacó el abrigo y lo depositó en uno de los fuertes brazos del hombrecillo.

 

–        Toma. Tu fumal un poco antes de tu encuentlo sí.- le dijo el hombre ofreciéndole la pipa de hierba crujiente. Román pensó que a esas alturas, o le mataba o le hacía más fuerte. Los ojos de su princesa miraban directamente al fondo de su mente. No había nada en ese mundo que anhelara con más ansia que volver a coger a Julia de la mano. Quería volver a sentir lo que un día hizo que fueran uno solo. Cogió la pipa y le dio una honda calada. Se guardó el cosquilleante humo en sus pulmones, y devolvió la pipa a su dueño.

–        ¿No quieles un poco más si?- tentó el curioso ser viviente.

–        Me parece que ya sería abusar de la casualidad.- el hombrecillo sonrió de nuevo.

–        Nada es casualidad quelido amigo. Pelo en fin. Como quielas.- concluyó mientras tomaba el sendero hacia abajo.

–        ¡Espera!- le apremió Román.- ¿Qué sabes de esta cueva?

–        Ya te lo he dicho quelido amigo, ahí dentlo solo hay lo que tu lleval. Que tengas suelte en tu viaje- dijo mientras se alejaba. Unos segundos más tarde solo quedaban Rita y Román ante la cueva, rodeados de la más exquisita capa de densa niebla. El extraño oriental añadió cuando ya no le oían- la vas a necesitar- esta vez con una voz más parecida a la de cierto anciano de kimono blanco, que conocemos ya. Y se perdió entre la bruma.

–        Bueno- dijo resignadamente el caballero- vamos adentro.

–        No se si es buena idea Román.- susurró la yegua.

–        ¿Qué dices yegua? ¿Después de todo el camino hasta aquí arriba ahora vas a decirme que no te atreves?

–        No es eso. Es que no creo que sea buena idea que entre ahí contigo ¿entiendes?- una sensación de inseguridad asaltó al caballero.

–        No.¿Por qué?

–        No se como explicártelo. Es algo de mi instinto. Me dice que debes entrar tú solo. Que es algo que te va a hacer crecer como persona, que yo solo sería un obstáculo. Además, son tus pruebas, no las mías.- El caballero entendía a la perfección las palabras de Rita.

–        De acuerdo. Pues allá voy. No hay tiempo que perder.- aclaró mientras se bajaba decididamente de su montura. En un grácil gesto desenvainó su espada- allá voy- repitió con un pigmento de miedo en su voz.

La oscuridad era tal que Román solo vio durante los primeros pasos debido a la luz de la entrada que se colaba por entre la niebla. El caballero sentía miedo. Estaba preparado para cualquier cosa después de lo que había visto pero no podía evitar tener miedo. Por primera vez estaba solo. Ni su fiel yegua estaba con él para acompañarle; Rita aguardaba en la entrada reposando tras el duro ascenso, revoloteando ya en la alforja en busca de una lima. Además no veía nada. El camino estaba hecho de negrura. “Si pudiera ver algo”, se decía. Blandía su espada delante de él preparado para cualquier eventualidad. Un pensamiento parecido al de perder los nervios pasó por su cabeza. Necesitaba la luz. De alguna forma sintió la luz, entonces la espada que el anciano le había otorgado se iluminó dejando ver el camino. Román se sobresaltó. No esperaba esa reacción de la espada. “¿Como ha pasado esto?” se dijo. Entonces recordó las palabras del anciano: “Esta espada está conectada a partir de ahora con tus sentimientos”, eso fue lo que dijo si. ¿Tal vez se refería el viejo a que debo sentir claramente mis deseos? No importa”El caballero no quería perder el tiempo elucubrando pues sabía que, muy lejos de allí, había un corazón que latía por él, y que necesitaba su ayuda…

Aunque el camino estaba iluminado, las rocas seguían sin verse del todo. Estaban formadas por diversos pliegues que creaban unas aterradoras y desconcertantes sombras. Se veía alguna pequeña estalactita, y un largo túnel que se perdía en la oscuridad.

-Ya voy Julia- susurró dando un paso más hacia el siniestro túnel.

Era una bóveda. No lo era porque alguien viese que lo era. Más bien siempre lo había sido. Aunque como cualquier entidad que se precie, a la bóveda le gustaba lucirse. Y allí llegaba una luz. Todavía muy débil se atisbaba un pequeño rayo de luz que poco a poco iba dándole forma a los minerachales, las estalactitas y estalagmitas. El pasillo por el que Román caminaba desembocaba allí, en la bóveda. Román se detuvo en la entrada y escudriño su alrededor alumbrando con su espada. Todo estaba lleno de estalactitas de varios metros de largo. Algunas incluso tocaban con su estalagmita homónima.

En el centro de la bóveda había un lago totalmente en calma. No se podía calcular a simple vista la profundidad de dicho lago. Se oía el agua gotear lentamente formando nuevos accidentes en el terreno. El caballero decidió entonces seguir el débil viento. Dio dos vueltas alrededor del lago buscando otra obertura en la roca para proseguir su búsqueda. No encontró nada. La bóveda transmitía su sabiduría con su silencio tan solo interrumpido por alguna ocasional gota de agua. El lugar hacia que todo aquel que pasara por allí se sintiese tranquilo. No era el caso de Román, que empezaba a perder los nervios y cada vez veía el Castillo Negro de un modo más inaccesible. Se culpaba a si mismo por haber confiado en sus últimos encuentros. Pensaba que si hubiera seguido en dirección al castillo, tal vez ya estaría en los brazos de la princesa. No pudo evitar sentir una sensación de desasosiego, pues no había nada en aquella bóveda. Aún así, permaneció una larga hora más escudriñando palmo a palmo cada pequeño rincón del lugar. Más que desesperado, se dio la vuelta y, cabizbajo, salió de allí. No había mucha distancia desde la bóveda hasta la entrada de la cueva, apenas unos veinte minutos a paso firme. A medida que la luz de fuera bañaba los pasos de nuestro aguerrido guerrero, la luz de la espada, conectada a la sensibilidad de Román, se volvía cada vez más débil, hasta desaparecer de un modo casi imperceptible. Rita esperaba apoyada en la entrada de la cueva practicando uno de sus más ancestrales ritos; limarse el cuerno de unicornio que adornaba su frente. Al oír los pasos de su amo se incorporó de golpe.

–        Que- decía exaltada- ¿lo has encontrado?- aunque ya había adivinado que no por la expresión derrotista que se dibujaba en la cara del caballero

–        No.- dijo.

–        Ya lo había adivinado.- respondió la yegua. ¿Y entonces? ¿Qué es lo que ha pasado?

–        La verdad, no lo se. No debo ser lo suficientemente puro o…

–        Venga ya Román- dijo la yegua con desdén- lo suficientemente puro de que… a ver. ¿Alguien te ha dicho algo de pureza?¿No verdad?.. Bueno o sí pero es igual… Te han dicho que entres ahí y que saques algo… un tesoro.

–        Si pero hay dentro no hay nada yegua. Créeme. Solo hay un lago y rocas por todas partes.- decía con desesperación.

–        Tiene que haber algo- sentenció la yegua con el semblante más serio de toda esta historia.- Estoy segura- concluyó mirándose el cuerno, vuelto a limar con fruición- ahí dentro hay algo que hace que la realidad se altere.

–        ¿Cómo lo sabes?

–        Lo siento. Además. ¿Te has fijado en como me ha crecido el cuerno cuando hemos llegado?

–        Pero es que…- se interrumpió a si mismo como buscando una explicación a su desencuentro- ¿qué tiene que ver eso eh? Dime ¡Te digo que ahí dentro no hay nada yegua!¡Maldición!¡Nunca conseguiré rescatar a Julia!¡Estamos perdiendo el tiempo!¡Por que demonios soy así!¡Por que no puedo superar las pruebas!- gritaba Román fuera de sus casillas mientras golpeaba con uno de sus desnudos puños la roca de la entrada de la cueva. Le pareció como si hubiese golpeado sus recuerdos, pues la imagen de Julia se dibujo en su mente. Parecía como sí en los momentos más desesperados, el espíritu de su amor estuviese con él y le ayudase a seguir. El caballero recobró la compostura en unos segundos. La yegua le miraba compadeciéndose de la incomprensión que asolaba a su amigo. No adivinaba como podría terminar ese oscuro affaire, como lo había denominado el viejo Sheng. Román se incorporó, sacó fuerzas de dónde ya solo había desolación y miró a la yegua fijamente.

–        Voy a sacar lo que sea de ahí- dijo con decisión, todavía con los ojos de Julia fijos en su memoria. La yegua asintió con una sonrisa de complicidad en su rostro. Era uno de los pocos seres de Hylia que comprendía la verdadera valía del caballero. Por eso, pese a todo, estaba con él.- no tardaré- concluyó desafiante. Y se dirigió de nuevo al interior.

 

7. MALA SOMBRA

Llevaba unos pocos pasos cuando se dio cuenta de que la oscuridad lo rodeaba. Entonces pensó en encender la espada. La miró fijamente. Nada. No hubo ninguna reacción. La empezó a sacudir como si fuese una linterna falta de pilas. Pero la espada no se iluminaba.

–        ¿Pero que demonios…?- se quejaba en voz alta.- ¡Maldición!- gritó mientras soltaba un mandoble al aire.

Su deseo rabioso de obtener luz hizo que la espada se iluminase momentáneamente. “¿Cómo lo he hecho?” se dijo entonces. “De acuerdo Román, cálmate; antes has podido hacerlo, no hay nada que te impida hacerlo de nuevo”, el caballero cerro los ojos y trató de no pensar. Trató de convertirse en la luz de la espada. “Esta espada esta conectada a partir de ahora con tus sentimientos. Aprende a sentir…” las palabras del viejo Sheng retumbaban en su cabeza. Sintió un cambio en la energía de su alrededor. Parecía que lo había arreglado. A través de sus párpados  entraba un poco de luz que enrojecía la oscuridad que le proporcionaban sus ojos cerrados. Abrió los ojos lentamente y se quitó un peso de encima al ver la espada reluciente de nuevo. El camino estaba ahora claramente iluminado. “Ya voy amor mío” pensaba mientras aceleraba el paso.

Y allí seguía la bóveda. No porque estuviese esperando a nuestro caballero andante, si no porque se sentía tan a gusto en el interior de la montaña del Verdugo que no tenía porque marcharse, aunque si quisiera podría hacerlo pues pocas son las bóvedas que gozan de tanto poder mágico. Había visto entrar a muchos caballeros que se iban con las manos vacías. Lo que nunca había visto era un caballero que volvía de nuevo tras haber sido engañado por la roca. Pero allí estaba de nuevo; iluminando la estancia con su espada mística. Sintió ganas de felicitarlo, pero eso rompería el encanto impersonal de las cosas inanimadas, por lo que decidió observar en silencio.kantun-chen-caverna-2

Entró decidido a la vez que un poco desesperado. Miro con cautela en todas direcciones. Se sentía sofocado. Tenía calor. Se acercó a la orilla del lago y desdibujó su reflejo para mojarse la cara. El agua que caía al lago retumbaba por toda la estancia creando un siniestro sonido a la par que melodioso. El agua estaba muy fría, casi helada. Le sentó de maravilla. Cuando subió la vista con la intención de incorporarse y seguir buscando el tesoro, lo vio. Vio el cofre en medio del lago. Se le pusieron los ojos como platos. Había una roca plana en medio del agua. No era demasiado grande. Y encima de la roca un pequeño cofre de madera con ribetes de metal en los lados. Parecía vetusto y oxidado. “Esto no estaba aquí antes. ¿Cómo…” se preguntaba atónito. La bóveda, que advirtió la sorprendida cara del caballero se sintió en deuda con él  por haberle sumergido el cofre y casi haberle desquiciado, pero nunca se sabía quién perturbaba la calma del lugar, ni las intenciones que llevaría consigo, aunque de todos modos este caballero parecía de corte noble. Nunca antes había sentido tal necesidad de hablar con alguien que desconociese las propiedades vitales de las cosas inertes pero parecía que aquel hombre tenia algo importante que hacer. Podía leerlo en la vibración de sus ojos.

Román se estaba preguntando como llegar al centro del lago, de un diámetro más bien reducido sin tener que nadar. No porque no supiera. Más bien porque estaban a unos cinco mil metros de altitud y no quería coger un resfriado estando tan cerca de superar la primera prueba.

–        ¿Como diantre llego hasta allí?- dijo en voz alta.

Entonces la bóveda se lo tomó como el inició de una conversación, a lo que respondió haciendo surgir del fondo del lago un camino de piedras que llevaba directamente al pequeño cofre.

–        Vaya..  ¡Gracias!- vociferó mientras le dedicaba una esplendorosa sonrisa a su alrededor.

A lo que la bóveda respondió cambiando la frecuencia de las gotas de agua que parecían entonar ahora una melodía alegre. Román comprendió al instante la respuesta de la roca y asintió agradecido.

–        Bueno.. allá vamos.- y sin más, posó su pie izquierdo en la primera de las piedras del improvisado puente.

 

Rita aguardaba en la entrada de la cueva entonando una vieja canción que cantaban los marineros del Onyx:

– Conocí a un capitán

Que en su juventud

Vivió en el mar…

(Menos mal que no había nadie cerca para oírla…)

Román clavó su espada al lado del cofre. La luz hacía que el agua que lo cubría brillase dándole un aspecto valioso. Parecía tener cientos de años. No tenia cerradura. Tan solo un cierre de metal tan oxidado que Román no sabía como abrir. Al posar sus manos sobre el cofre, el cierre cayó haciéndose añicos en el húmedo suelo. Se lo pensó unos instantes antes de  decidirse a abrirlo de golpe. En su interior tan solo había una nota amarillenta y casi ilegible debido al  haber estado tanto tiempo bajo el agua.

–        ¿Pero que…?LegendofZeldaThe-OcarinaofTimeUV-5

Román cogió cuidadosamente la nota y la acercó a la luz de su espada; había algo escrito en ella:

“Eres Tu Propio Reflejo”

Román permaneció unos instantes pensativo. “¿Soy mi reflejo?¿Qué quiere decir esto?” Miró hacia los lados mientras en el interior de su yelmo, un cerebro echaba humo. Entonces recordó lo que había hecho hacía unos instantes. Recordó como deformó su reflejo al mojarse la cara. Giró la cabeza lentamente mirando la superficie del lago algo receloso. “No puede ser tan sencillo” se dijo pensando que tal vez al mirar su reflejo aparecería el tesoro. Se dejó llevar suavemente hacia la orilla del pequeño lago. La presencia inanimada de la bóveda se alegro de que por fin alguien fuese merecedor de encontrar el tesoro del Verdugo. Alumbró con la espada a su reflejo. Se estaba observando a sí mismo. “que curioso” se decía, pues se notaba más hombre que antes de iniciar esta aventura. Más maduro. Con una mirada más profunda. Su reflejo estaba serio. “¿Tan serio estoy?” se preguntaba. Su reflejo parecía tener ganas de matarle. Entonces se dio cuenta de un detalle importante. La espada de su reflejo no emitía ningún tipo de luz. Más bien la absorbía. Parecía que dónde debía estar la espada reflejada no había nada. Ni siquiera color. Antes de que pudiera darse a si mismo una explicación, se dio cuenta de que su cara de sorpresa no se correspondía con la cara de odio de su reflejo. La espada oscura del reflejo de Román atravesó el agua en dirección a su cuello. Mientras su mente decía “mierda”, su brazo paró el golpe con la espada de luz. No olvidemos que, aunque de torcido porte, Román era un guerrero al fin y al cabo. Y en los últimos días estaba encontrándose con situaciones de lo más variopintas así que cada vez se sorprendía menos ante las aparentes grietas que tenía su realidad. Las dos espadas se encontraron después de una eternidad  de estar  esquivándose la una a la otra. Una explosión seca de energía hizo temblar la montaña del Verdugo desde la cima hasta la falda. Rita vibró y se estremeció; se preguntó si su amo estaría bien. Siguió entonando la canción aunque ahora para quitarse el miedo que la asolaba. La sombra de Román salió del agua dando un antinatural salto que lo catapultó al techo de la cueva.


“Glup” se dijo el caballero.

–        Te voy a matar- dijo la voz ronca y casi metálica de la sombra de Román.

No había diferencias aparentes entre los dos caballeros, pero la sombra de Román mostraba un aspecto más oscuro.  Era como si no le diera la luz en ningún momento, aunque Román no perdía de vista los ojos de asesino que estaban jurando acabar con él. Se movía frenéticamente irradiando un nerviosismo propio de las más voraces fieras.

–        Atrévete- dijo Román con tono desafiante.

–        La sombra de Román se lanzó entonces contra él blandiendo su espada oscura.

–        Amarillo el submarino es ¡Hey!

Submarino es ¡Hey!

Submarino es ¡Hey!- cantaba Rita intentando mantener la calma. Le pareció oír un ruido metálico. “¿qué ha sido eso?”

Román esperó paciente. Paró el golpe con un leve movimiento de muñeca.

–        ¿Quién eres?- le dijo a su reflejo.

–        Yo soy tú, estúpido ¿Qué es lo que necesitas para darte cuenta?

Se separaron rápidamente y quedaron uno a cada lado del lago. Román esperó cauteloso el siguiente movimiento de su sombra que evidentemente fue ofensivo. Se lanzó a por él de un salto. Casi parecía volar. Román efectuó a su vez un fiero salto hacía el pequeño saliente dónde se encontraba el cofre. Cuando la sombra estuvo a su altura, saltó de nuevo a por él en una maniobra de intercepción preparando un lento y poderoso golpe. Su sombra se dio la vuelta en el aire y puso su espada oscura en medio del camino de la espada de luz. Hubo un leve chisporroteo. La inercia impidió que la sombra permaneciera allí. Aterrizó en el extremo dónde empezaron a luchar. Román saltó a por él y se enzarzaron en una lucha de mandobles que bien pudo durar treinta minutos. Tal era su agilidad, que los golpes que se intercambiaban eran tantos y tan seguidos que incluso el suelo se llenaba de chispas. La espada de la sombra emitía una intensa oscuridad al pasar por la chispas creando un curioso efecto de “rayos de oscuridad”.

Hicieron fuerza el uno contra el otro hasta separar las espadas, que chispeaban y reaccionaban de forma extraña al estar juntas. Parecía como si se fundieran. La sombra aprovechó el momento para propinarle una muy acertada patada en el costado a su adversario. A la altura de la axila derecha, dónde Román no tenía protección. El caballero se dobló, gritando de dolor. La sombra le miró con desprecio y dirigió un potente mandoble a la cabeza de Román. Se oyó un fuerte rechinar metálico. Era como si el propio yelmo de Román se quejase de dolor. Por otra parte, la yegua, que apenas podía concentrarse en la letra de la canción, cesó de golpe en su empresa al escuchar el comentado rechinar.

El casco del caballero rodó por el suelo hasta que, con un leve chapoteo, se perdió en lo  más profundo del lago. Román, tirado en el suelo boca arriba y con una  herida en la cabeza que no paraba de brotar sangre, reculó rápidamente forzando sus cuatro extremidades al máximo, mientras su sombra caminaba con un paso firme, rápido y decidido hacia él, empuñando la espada oscura que le hacía parecer mucho más fiero de lo que ya aparentaba ser de por sí. Román no sentía el tacto del rugoso suelo cuando lo presionaba con fuerza para escapar. Y ni falta que hacía, dado que estaba a punto de sangrar por las manos y el advertirlo solo habría entorpecido sus movimientos…

 

8. EL TESORO

 

Las palabras de Sheng parecían mantenerse latentes en la mente de Román:

“Solo aquél que domine a la perfección el secreto de la búsqueda, será capaz de enfrentarse a sus miedos y mantener el amor por toda la eternidad“

Reparó entonces en que carecía de la espada mágica que le había dado el anciano. Pero tarde, a juzgar por la negra oscuridad de la espada que venía totalmente directa hacia su páncreas. Fué lo que aprendió en los más siniestros lugares lo que le salvó la vida. Una simple y concisa zancadilla. Y huelga decir que todos sabemos que los peores villanos de todas las realidades siempre suelen ser los niños….

La sombra cayó de bruces mientras Román se incorporaba bruscamente y saltaba por encima de su apresurado enemigo en busca de su espada, que aún relucía débilmente al otro extremo de la bóveda. Todavía sangrando violentamente por la cabeza, se tiró a por ella sabiendo que su vida y tal vez la de más gente, dependían de ello.

Cuando se incorporó para encontrarse con su sombra, la encontró a un palmo de su cara, y empuñando su espada apuntando a su ojo, esta vez sin posibilidad de escape.

–        Eres tonto- le esputó a nuestro caballero, esgrimiendo una diabólica sonrisa.

Con un gesto casi imperceptible, la sombra retiro su espada y le dio un empujón con el puño cerrado que le hizo caer  de boca en la orilla del lago. “Incomprensible”  discurrió entonces Román observando su verdadero rostro reflejándose en el agua. Y de nuevo, las palabras del anciano asaltaron su maltrecha cabeza.

“Solo aquél que domine a la perfección el secreto de la búsqueda, será capaz de enfrentarse a sus miedos y mantener el amor por toda la eternidad“

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En ese momento comprendió que la lucha era inútil. “No tengo que buscar ningún tesoro” se dijo “tengo que encontrarme a mí mismo” pensaba mientras miraba fijamente a su reflejo surgido de la superficie del lago “ya he encontrado el tesoro” decía en pensamientos mientras se incorporaba decidido. Andando con paso firme hacia su sombra y con los ojos clavados en ella, daba la impresión de haber resuelto el enigma. La bóveda aplaudía a su manera. Tenía la espada en posición defensiva. Cuando estuvo a medio metro de su sombra y aún a riesgo de que su vida peligrase, bajó la espada de luz y dijo:

–        Si de verdad eres yo, ya sabes que es inútil luchar.

Por primera vez, la sombra pareció calmarse, y poco a poco, se dibujó una sincera y amistosa sonrisa que iluminaba su hasta ahora vacío rostro. La sombra apuntó con su espada al pecho de Román.

–        Acerca tu espada- le dijo la sombra con una voz cálida muy diferente a la voz casi metálica de antes.

Román juntó la punta de su espada de luz con la de la espada oscura de su sombra. Y así, y en medio de una espectacular explosión energética, el Román integro pero desgarbado que todos conocemos, se fundió con sus odios, miedos y frustraciones. Se fundió con todo lo que temía poseer pero que todos poseemos de manera inherente. Y mientras asimilaba su verdadero ser con todos sus aspectos, positivos y negativos, iba madurando rápidamente como persona. Se daba cuenta de dónde salía el odio de su sombra. Su sombra no era más que él mismo. Sin máscaras ni tapujos. Y ahora comprendía lo valioso del tesoro que había venido a buscar, pues nada hay más valioso que conocerse a uno mismo. La fuerza que  hacía a la sombra volar hasta el techo de la bóveda no era más que la fuerza del amor. El amor por la princesa. La princesa. Ese fue el último pensamiento del caballero antes de que la poderosa explosión de energía sacudiese de nuevo la bóveda y, por relación directa, toda la montaña del Verdugo. Román y su sombra desaparecieron bajo un manto de luz blanca.

La luz atravesó la montaña y penetró en los mitológicos ojos de Rita.

–        ¡Joder! ¿Eso ha sido una explosión? ¡Román!- gritó desesperada mientras empezaba a cabalgar lo más rápido que podía hacia el interior de la cueva.

Aunque había sido ella la que le había dicho a su amo que entrara solo, ahora sentía que tenia que ayudarle; no podía dejar que sucumbiese ante vete a saber que males. Sin pensarlo entro cabalgando en busca del caballero. Oía el frenético ruido de sierra que le indicaba que su cuerno crecía de manera salvaje. “¿Pero qué recontrademonios hay aquí?”. Aunque en ese momento , su cuerno de unicornio era lo que menos le preocupaba. La yegua siguió cabalgando violentamente en busca de su amo, gritando su nombre desesperada. Entonces vio la luz al fondo del camino.

–        ¡Estoy aquí yegua!¡Tranquila, todo va bien!- decía su amo desde la entrada a la bóveda. Rita vio entonces a contraluz la figura de su amo. Dedujo al advertir el contorno de su larga cabellera que por algún motivo se había despojado de su yelmo abollado. También advirtió un tono de voz diferente en su voz. Se le oía más seguro de sí mismo. Parecía haber encontrado el tesoro. Incluso parecía haber cambiado físicamente. Parecía haberse ensanchado. Rita no se preocupó por las heridas causadas en la pelea por que sencillamente las heridas ya no estaban. Habían desaparecido por completo. Cuando la yegua estuvo a poca distancia de Román, le dijo:

–        ¿Qué ha pasado?¿Lo has encontrado?

Por toda respuesta, Román sonreía. Rita sonrió también. Siempre se habían entendido  perfectamente y esta vez no fue una excepción.

–        Vamos- dijo el caballero- tenemos una misión que cumplir. Los dos amigos salieron en silencio de la cueva, sintiéndose reconfortados tras su hallazgo.

La bóveda se sintió útil por una vez en su ancestral existencia. Si hubiera podido sonreír, tengan por seguro que así lo habría hecho.

Una vez a la nublada luz del día, Rita, que jamás se daba un respiro, se dispuso a sacar la lima de una de sus alforjas. El reforzado brazo de Román se posó sobre la pata de Rita.

–        Deja de hacer eso.- dijo con seguridad- No te avergüences de lo que eres. No te lo limes más. Clavémoselo a ese mal nacido.

Las palabras de su amo llenaron a Rita de orgullo y satisfacción. La yegua se emocionó. Los motivos por los cuales Rita renegaba, aparentemente, de su condición fantástica no eran otros sino que integrarse en Phoenixia con el resto de animales salvajes, pero de lo que la obstinada de Rita no se percataba era de que hay ciertas cosas que no se pueden ocultar. Tal y como dice uno de los refranes populares de las costas de Onyx “Maquilla si quieres la realidad, más tarde el espejo dirá la verdad”. Lentamente posó su pata de nuevo en roca del Verdugo, y acarició la cara de su amo con un suave movimiento de cabeza.

–        Aunque guárdate de clavármelo a mí- interrumpió el caballero en tono humorístico. La yegua rió.

–        ¿Vas bien Rita?¿Quieres que paremos a descansar?

–        De eso nada. Mientras tú aguantes yo no paro.

A medida que bajaban, iban dejando atrás las nubes que tapaban la cima y poco a poco el Sol les iba calentando de nuevo. El desierto ya se veía brillar, ondulándose en el horizonte.

El Castillo Negro. Al otro lado del desierto. Un cinturón de nubes negras le rodeaban en el cielo. Hyde,  en la soledad de sus aposentos, sintió el cambió en el caballero, y su consecuente incremento de poder le hacía conocer su localización de una forma más exacta. Sabía que el caballero ya no estaba muy lejos. Rompió a llover fuertemente sobre el castillo mientras la noche caía sigilosa. Francis, la mano derecha del hechicero, caminaba tranquilo en dirección al salón del trono, donde su señor observaba la oscuridad desde el ventanal. Una bola de cristal negro sobre una mesita al lado del trono presidía la estancia parcamente decorada. Parecía brillar cuando Francis se aproximó al ventanal. ¿Por qué me interrumpes?¿qué pasa ahora?- preguntaba el hechicero con impertinencia .

En los subterráneos, Eve removía un cocido en una gran olla. La parsimoniosidad con la que daba vueltas con la cuchara era solo comparable al gesto imperturbable de su rostro. Su mirada, fija en un punto indeterminado, más allá de la cocina, no indicaba ningún tipo de conducta criminal. Lentamente, vertió un poco de líquido en cada uno de los cuencos que previamente había extraído de un armario junto a los fogones y, con suma cautela, miró hacia los lados asegurándose de que se encontraba sola en el lugar. Introdujo una mano en el interior de su atuendo sacando con total naturalidad, un frasco con un extraño líquido turquesa y como si formase parte de la receta lo virtió en el interior de la olla, dónde todavía quedaba un poco de cocido. Puso todos los cuencos cuidadosamente en una bandeja y los llevó al comedor de servicio. Todos menos uno. El suyo. Esa noche cenaría con Francis que siempre era el último en cenar, debido a sus tareas como primer oficial y mayordomo primero del señor del castillo. Y en la olla, la medida justa del exquisito cocido preparado por Eve para una ración. Aderezado con un misterioso líquido azulado…

9. EL AMIGO DESCONOCIDO

Aunque era Román el que se había fusionado con su yo profundo en el interior de la cueva del Verdugo, Rita también parecía haber adquirido un nuevo vigor. Su esbelto cuerno en forma de espiral desafiaba el contorno del desierto como un estallido de fantasía en medio de la nada. La arena se levantaba al paso del unicornio dejando una nube de polvo fino a su paso. Los dos sabían que estaban a punto de enfrentarse al que quizás sería uno de los mayores peligros con que jamás se habían topado. Pero les daba igual.  Román tenía muy claro que era el amor lo que le impulsaba a seguir adelante, no iba a detenerse fuera cual fuera el obstáculo que solventar, pues su amor era puro como el agua. Tal era el amor que sentía por Julia que se lanzaría al vacío sin dudarlo un segundo si eso salvase la vida de la princesa. Rita lo sabía, y por eso iba a seguir a su dueño a dónde hiciera falta. Los unicornios sabían detectar el poder de los corazones puros, por eso había seguido a Román desde tiempos casi ancestrales. Y sabía que seguiría unido a él por mucho tiempo. Román sentía cada vez más cerca el corazón de su princesa. Aún no habían llegado a su destino pero, después de las cosas que les habían pasado no les parecía un trayecto demasiado duro. La luna llena estaba sobre sus cabezas. A Román le parecía que Rita volaba a ras de arena:

–        No recordaba cuanto corres cuando te dejas crecer el cuerno yegüita- gritaba el caballero mientras sus cabellos le golpeaban suavemente la cabeza.

–        No me hables. Que conste que lo del cuerno lo hago por ti. Así que pase lo que pase por favor aguanta el tipo ahí.- decía la Rita en un misterioso tono de advertencia.

–        ¿Acaso lo dudas?¿Después de lo lejos que hemos llegado?

–        Quizás estamos tan lejos porque nos han prestado ayuda ¿no crees?- respondió el unicornio con otra pregunta.

–        ¿Qué estás insinuando?

–        No importa.

–        Si importa. ¿Qué quieres decir con eso?

–        Yo solo digo que…

La teoría que Rita se disponía a relatar a su amigo y dueño se vio entrecortada cuando los dos héroes advirtieron una figura humana entre las dunas, muy a lo lejos.

–        ¿Estaba ahí hace un momento?- preguntó el caballero sin dar mucho crédito a la presencia de un humano todo de negro en medio de ninguna parte. Quieto. Expectante. Sereno.

–        No me parece. Es más. Si no fuera porque realmente no estaba mirando juraría que el horizonte estaba limpio hace un momento.- aclaró Rita.

–        A lo mejor es el viejo Sheng.

–        No creo –sentenció el unicornio- no transmite su esencia. Transmite otra cosa…

–        ¿El que?

No hubo respuesta.

–        ¿El que?- repitió el caballero agitándose convulsivamente.

En el austero comedor de servicio, decorado solamente con algunos platos ocres y un opulento retrato de Hyde que presidía la estancia, Eve contemplaba el asiento dónde Francis estaba a punto de sentarse. Ella estaba sentada frente al asiento en cuestión. Esperándolo. Con la cuchara en la mano. Siempre era igual. Todos los días la misma rutina. En los quinientos años que había permanecido en el Castillo Negro, Francis no había llegado ni un solo día tarde a ninguna parte. Y allí estaba otra vez, con ese porte altivo del que cree conocer todas las verdades, cruzando el umbral de la puerta.

–        Buenas noches- saludó secamente el mayordomo con su habitual gesto inexpresivo que denotaba  el desprecio que sentía por todas las cosas. Eve lo observo tomar asiento.

–        Buenas noches- le dijo el ama de llaves todavía más secamente.

–        Para ti muy buenas ¿verdad? Que ingenua eres. Crees que te vas a salir con la tuya.- graznaba receloso mientras se ponía la servilleta a modo de babero y daba la primera cucharada.

–        Lo que creo es que tienes un desequilibrio mental como ya te dije ayer. No se como puedes pensar eso de mi. Hace que me sienta insegura.- decía intentando parecer débil e indefensa mientras Francis sorbía el líquido como si su vida dependiera de ello. En los ojos de Eve ya se veía esa expresión de triunfo que separa a los ganadores del resto.

–        Pues yo no me preocuparía porque, tal y como van las cosas, no creo que tardes mucho en salir de aquí; por tu bien te aconsejo que desistas en ese absurdo intento de suplantar a Julia, de lo contrario caerás, y ya no queda mucho tiempo para que él este cerca.- dijo refiriéndose al caballero que venía en busca de la princesa. Eve lo miraba con el rostro impasible aguantándole la mirada tanto como le era posible; cuando veía que no podía más se metía una cucharada de cocido en la boca para disimular.

–        Recuerda que caerás.- repetía.

El veneno no tardó en hacer efecto. Francis pasó de mirar a Eve fijamente con actitud reprochadora a, de repente, poner los ojos en blanco y caer desplomado con la cara encima del cuenco, produciendo un ruido ensordecedor y embadurnándolo todo de caldo envenenado. El silencio reinaba de nuevo en el austero comedor de servicio.

–        No pienso frenar- le decía Román a su unicornio.

–        Si tu no frenas yo tampoco ya lo sabes

El viento soplaba con tal intensidad que hubiese apagado las llamas del Averno en cuestión de segundos. Se dirigían a toda velocidad hacia una figura humana envuelta en telas negras y raídas que se movían siniestras al son del salvaje viento. Nuestro caballero estaba casi seguro de que era un hombre aunque era difícil distinguirlo a tanta distancia y en la noche. Pero esos ojos…Mucho antes de poder decir que estaba cerca, ya sabía que sus ojos estaban clavados en él. Le estaba mirando directamente y no sabía porque. El caballero lo percibía. Todo en conjunto, el ensordecedor viento, las arenas confusas que no paraban de moverse, las andrajosas ropas negras y el reflejo pálido de la Luna, le otorgaba a la presencia un aspecto aterradoramente siniestro.


Rita estaba casi segura de cual era la identidad del oscuro personaje. Y Román también. Aunque no quería admitirlo lo notaba. Todo aquel que estuviera cerca suyo lo notaría. Notaría esos efluvios del Infierno. El caballero pensó entonces que tal vez estaban ante la segunda de las pruebas. La lucha. Pero Román conocía muy bien a Hyde y sabía que la figura que levantaba un brazo con la intención de detenerles no era, ni por asomo, la de su enemigo. Rita y Román sintieron en su interior que la única salida que tenían en ese momento era hacer caso al desconocido y parar junto a él.

–        Tengo un mal presentimiento- dijo Román-

–        Opino igual- contestó Rita con la voz imperceptiblemente quebrada.

–        Deberíamos parar.- agregó algo inquieto.

–        Tienes razón.- dijo la yegua con una recién nacida inseguriudad.

Apenas estaban a unos dos metros de la figura envuelta en la túnica negra cuando se detuvieron por completo. La luna llena iluminaba el desierto mostrando las nubes de arena que revoloteaban libremente por las dunas. Después de aclararse la voz con un leve carraspeo, nuestro caballero inquirió:

–        ¿Quién eres y que es lo que buscas?

La figura, que a través de su capucha solo mostraba sus ojos de profundo mirar, sonrió levemente. Román se dio cuenta.

–        ¿Crees que estoy de broma?-con un ágil gesto desenvainó su espada apuntando directamente al cuello del misterioso ser.

–        Guarda eso.- dijo éste con voz ronca. Ya no había duda de que era un hombre. El hombre de la túnica negra hizo un leve gesto con sus dedos y la espada del caballero se encontró de nuevo envainada instantáneamente.- No queremos sufrir un accidente. ¿Verdad Román?

–        ¿Quieres oír una verdad? Te diré una. La verdad es que empiezo a estar harto de personajes que se me aparecen en mitad de cualquier sitio diciendo conocerme o queriendo ayudarme. Y tengo trabajo que hacer. No puedo perder el tiempo con el primer demente que diga conocerme, espero que lo entiendas.- dijo Román visiblemente  nervioso y asustado.

–        ¿Qué forma de hablarle a un amigo que pretende ayudarte es esa? ¿Vas a faltarme así al respeto?

–        Si eres mi amigo es algo que decidiré yo.

–        Por supuesto que si. Nunca he obligado a nadie a nada, no te preocupes.

–        Pues contesta- imperaba Román- Quién eres y que buscas. Responde.- aunque en su interior sentía unas llamaradas gélidas que a duras penas le permitían seguir hablando.

El sombrío personaje introdujo una mano en el interior de su túnica y extrajo un pequeño objeto de color blanco y naranja perfectamente cilíndrico. Román no había visto nunca algo así. Se lo colocó entre los labios y lo encendió con un chasquear de dedos. Después de soltar una larga bocanada de humo dijo:

–        Sabes quien soy ¿Verdad?- dijo el hombre.

–        Creo que si.

–         Puedes decirlo sin reparos. Seguro que acertarás.- dijo mientras volvía a fumar.

Mientras los dos hombres hablaban, Rita permanecía expectante a la espera de la respuesta de la figura surgida en la oscuridad.

–        Eres el Diablo- dijo Román.

–        Bingo- dijo el Diablo.

–        ¿Qué?- preguntó Román.

–        Nada, olvídalo. Demasiados tiempos a la vez…

Hubo un momento de tenso silencio. El Diablo miró a Román fijamente mientras daba otra larga calada a su cigarro. El ruido de la hierba seca ardiendo mientras se consumía en el interior del demonio era el único y estremecedor ruido que se oía en aquella parte del desierto. Parecía que incluso el viento había dejado de soplar.

–        Respondiendo a tu pregunta, te diré que estoy aquí para ofrecerte un trato que no podrás rechazar…

–        ¿Y que te hace pensar que voy a hacer tratos contigo?- dijo Román, sacando toda la valentía que le quedaba.

“Bien dicho” pensaba Rita que , ni que decir tiene, no osaba a pronunciar palabra.

–        Te aseguro que si no tuviera algo que ofrecerte no me molestaría en venir a buscarte.

–        No pienso hacer tratos con el Diablo. Hasta ahí podíamos llegar…

–        Vamos Román ¿Vas a decirme que tienes miedo? No puedo creerlo. Te advierto que lo que el clero cuenta de mí es más falso que un duro de plástico.

–        ¿Un que de que?

–        Déjalo. Demasiados tiempos a la vez ya sabes. ¿Qué es lo que sabes de mí?

–        Lo suficiente. Se que te rebelaste ante Dios.

–        ¿Y el motivo?- preguntó el Diablo.

–        ¿Por qué te rebelaste?

–        Si

–        Seguramente porque buscabas más poder.

El Diablo soltó una carcajada.

–        No tienes ni idea. ¿No serás tú el que busca más poder?- le espetó mientras lanzaba su cigarro al vacío. Literalmente al vacío. Antes de tocar la arena se desvaneció. El Diablo alargó su mano hacia Román- Ven conmigo. Te llevaré a un lugar del que no querrás volver.

–        ¿Y si no quiero ir?

–        Lo que tu quieras carece de importancia en este momento.- dijo el Diablo. Hizo un gesto con su mano y sin ningún tipo de pirotecnia especial, Diablo y Román desaparecieron. De pronto Rita se sintió como un bebé desatendido.

–        Perfecto… Para alucinar. Una se deja los cuernos, nunca mejor dicho, en ayudar a un amigo y ¿qué hace él? Irse con el primer indicio satánico que encontramos en el desierto.- Evidentemente Rita sabía que Román no había tenido opción a negarse, pero algo tenía que decir. Además, nadie la oía…

10. VA A SUBIR LA MAREA

Los pasillos del Castillo Negro estaban silenciosos, como cada noche. De pronto un ruido de tela arrastrándose sobre el suelo de piedra interrumpió la calma que se respiraba. La jovencísima (en apariencia) Eve, tiraba sin demasiado esfuerzo del cuerpo inmóvil de Francis. No estaba muerto, aunque nadie lo hubiese podido afirmar. Aunque el ama de llaves estaba jugando sucio, no jugaba tan sucio como para matar a alguien.Pero no le quedaba otra opción que hacer lo que hacía. Francis se había dado cuenta del sentimiento especial que albergaba Eve para con su amo y de cómo la presencia de Julia estorbaba para estar más cerca de él. Algo tenia que hacer para acallar la peligrosa voz del mayordomo. Además, la princesa no quería estar allí y Eve sentía un paradójico cariño por ella…

La puerta de la alcoba de Francis se abrió dejando ver a la mujer arrastrando a un mayordomo totalmente fuera de combate. Con suma delicadeza lo acostó en su cama y apagó la luz de las velas. Era ahora o nunca. A esas horas Hyde siempre estaba descansando así que no constituiría ningún problema acceder a la celda de Julia. En la torre de las celdas había un pasadizo que conduciría a la princesa a un oasis cercano. Mercaderes y viajantes paraban a descansar a menudo en aquel oasis antes de seguir con su travesía; no le costaría mucho trabajo encontrar ayuda para volver a su tierra desde allí. Lentamente, el ama de llaves cerró la puerta de la habitación dónde Francis yacía inconsciente. No se despertaría en un par de días. Tenía tiempo de sobras por lo que no necesitaba ir deprisa. No convenía alertar al personal que seguramente aún andaría despierto.


El Castillo Negro no había sido creado como prisión, por lo que solo contaba con tres celdas de seguridad repartidas entre los tres pisos superiores de la torre central del castillo, desde dónde podía contemplarse la majestuosidad del desierto. Durante la noche, dos guardias se turnaban haciendo rondas de dos horas por entre los pisos. Eve era de mucha confianza en la casa y no solo eso si no que era el ama de llaves del castillo lo que le daba total libertad para pasearse por cualquier lugar del mismo. Los guardias no dudarían ni un segundo en dejarla pasear a su antojo por la zona. Aunque normalmente lo hacía unas horas antes, no había razón para pensar que tramaba nada extraño.

En el penúltimo piso se topó con el último escollo antes de poder liberar a Julia, el sargento Wingnut. Estaba sentado con la espalda apoyada en el muro de piedra negra, balanceándose hábilmente con las patas delanteras de su silla en el aire. En la mano tenía un ejemplar de “El Libro sagrado de las Escaleras”, lectura de culto a lo largo y ancho de Phoenixia. Justo a su lado estaban las escaleras que llevaban al piso superior.

–        Ey compañera… que ¿a animar a la reclusa un rato?- dijo Wingnut en tono amable. Eve le contestó con la sonrisa menos tensa que pudo sacar.

–        Se me ha hecho un poco tarde, espero que aún esté despierta- le dijo casi sin pensar mientras su mirada se perdía escaleras arriba.

–        Ya sabes el camino- vaciló Wingnut sin apenas desviar la mirada de su lectura- si no te veo cuando acabes que pases buena noche.

–        Igualmente- grito Eve mientras subía las escaleras casi corriendo.


Román jamás había visto muebles de máquinas recreativas de videojuegos. En su realidad no había llegado la electricidad. Aunque había otro tipo de juegos parecidos que se realizaban utilizando la magia, aparentemente no tenían nada en común con lo que estaba viendo en ese momento. Él lo describiría como extraños armarios con ventanas a otros mundos. Todas las máquinas estaban encendidas y mostraban los más diversos juegos; desde programas de lucha en los que unos fornidos señores o unas atractivas señoritas se ponían morados a golpes hasta puzzles con extrañas piezas de colores, pasando por juegos deportivos de lo más variopinto y hasta de disparar a todo lo que se moviera sin ningún tipo de civismo. Evidentemente Román se sentía muy desorientado. No había nadie más en la sala. Solo él y el Diablo que le miraba con gesto provocador. Y un puñado de máquinas encendidas emitiendo unos para él desconocidos pitidos electrónicos. El Diablo le miraba sonriente.

–        ¿Dónde estamos?- cuestionó Román muy serio.

–        Es una salón recreativo de los años ochenta. De la Tierra. Todo lo que ves son juegos. Porqué. ¿No te gusta el sitio?¿Prefieres un ambiente más cálido?- pero la atención de Román se centraba ahora en la calle. Una moto blanca y verde estaba aparcada  frente al local. Era visible a través de los ventanales.

–        ¿Qué es esa cosa con ruedas?- preguntó.

–        Esa cosa es Rita.

–        ¿Rita? Pero eso es…

–        ¿Imposible? No. Verás; en las diferentes realidades los seres adoptan las más diversas formas. Fíjate en ti. Tus ropas han cambiado y el color de tu pelo es diferente.

En efecto, Román lucía ahora unos extraños y ajustados pantalones azules que parecían tener cuarenta años, una especie de blusa negra con un demonio dibujado y algo escrito con unas letras casi ilegibles y un calzado que haría sonrojarse al más descarado de los bufones Phoenixianos. El caballero se tanteó la cabeza sorprendido del tamaño de sus cabellos, que se había reducido considerablemente.

–        ¡Diablos!- el Diablo le miró con cara de pocos amigos- estooo. Quise decir… eeee ¡Macabros!  estos pantalones son muy macabros.- dijo en un tono algo jactancioso. Y siguió mirando a su alrededor sin dejar de asombrarse.

–        Mira. Esto es lo que puedo ofrecerte si me ayudas- dijo el Demonio señalando a una de las pantallas en las que rezaba una advertencia que decía así: “Némesis”

Román se acercó cauteloso hasta ponerse delante de la pantalla. Vio entonces la imagen de lo que parecía ser el Universo. Todo se movía muy deprisa en el interior de la pantalla. En un momento indeterminado, el caballero no sabría decir en que parte de la realidad estaba ubicado su cuerpo, pues el viaje a través de las estrellas parecía tan real que era difícil asegurar que se encontraba delante de una pantalla. El caballero pudo ver decenas de planetas llenos de vida mientras la voz del Demonio le susurraba al oído “todo esto podría ser tuyo”. El viaje a través de la pantalla llevó a Román por un sinfín de mundos acercándose inexorablemente hacía Phoenixia, hasta la montaña del Verdugo.

–        ¡Eh! ¡Yo vengo de allí!- gritó excitado. El viaje continuó dejando atrás la cordillera de Vértebras a través del desierto y ahora podía verse el Castillo Negro de Hyde acercándose muy rápidamente. Desde la pantalla se veía la torre más alta, dónde Julia estaba cautiva. Román notó que su amor estaba allí.

–        Cariño…- susurró.- La pantalla siguió mostrando imágenes. Una mujer joven abría la puerta de una celda.

Eve estaba girando la llave que le daría acceso a Julia. El leve sonido metálico de la cerradura sobresaltó a la princesa que dejo de mirar con tristeza por la ventana para girarse rápidamente. Ya había cenado, y nunca en todo el tiempo que había estado retenida la habían venido a ver dos veces en una misma noche. El ama de llaves empujó la puerta con suavidad. Apenas sí vislumbraba la figura de la princesa cuando la enorme y velluda mano de Hyde se posó sobre su brazo.

–        ¿Qué crees que estás haciendo?- dijo su amo sin un atisbo de nervios en su profunda voz.

Eve enmudeció. Notó como se le hacía un nudo en la garganta que le impedía si quiera respirar. Y en la lóbrega oscuridad del pasillo apareció tras Hyde, entre las sombras, la orgullosa figura de Francis. El corazón de Eve retumbaba por todo el Universo. Al principio no comprendía como Francis se había repuesto tan rápidamente  del veneno vertido en su cena pero no tardó en darse cuenta que había sido presa del embrujo del hechicero. El Francis al que había envenenado no era más que una ilusión creada por su amo para confundirla. Se sintió como una estúpida por no haberse dado cuenta de la evidente trampa. Recordó la advertencia de Francis y se maldijo a si misma en el más absoluto de los silencios.

La pantalla de la máquina recreativa que normalmente mostraba las excelencias jugables del mítico “Némesis”, un clásico de los mata-marcianos, tenía ahora a un absorto Román observando la imagen de su princesa, ajeno al encuentro que tenía Hyde con su ama de llaves. Podía ver figuras fuera de la celda, pero el caballero solo tenía ojos para Julia.

–        Dijiste que todo esto podría ser mío. ¿Puedes ofrecérmela a ella?

–        Ella forma parte del trato.

–        ¿Qué insinúas?

–        Niega tu amor por tu princesa y todo lo demás será tuyo. Serás el rey del Universo mientras vivas.

–        ¿Me estás ofreciendo todo el Universo?¿Tú tienes poder para eso?

–        Que torpes sois los mortales. Puedo ofrecerte esto y mucho más.

–        Si pero no a ella.

–        Ella es el precio que deberás pagar. Dado que tu amor es el amor más puro que se ha conocido nunca sobre esta tierra.

Hubo una pausa en la que Román permaneció pensativo.

–        Mi amor no es tan puro. La quiero con todas mis fuerzas pero jamás podré perdonarme no haberle sido fiel.

–        Como bien acabas de decir, la quieres con todas tus fuerzas. El problema está en que nunca has estado demasiado seguro de ti mismo ni de lo que te rodeaba, de ahí que te dejes llevar por tu impulsividad. Pero ¿acabas de encontrarte no? Además, piensa que de no ser por el amor que sientes por ella jamás habrías llegado hasta aquí.

–        Si, pero yo no quiero estar aquí, yo quiero estar allí- dijo señalando a la pantalla- y eso tú no puedes ofrecérmelo. Así que jamás. Jamás aceptaré tu oscuro trato.

–        Bien- dijo el Diablo tras una pausa- espero, de corazón, que después no te arrepientas. Luego no me digas que no te lo advertí.

–        ¿Nunca has estado enamorado verdad?- preguntó el caballero.

–        ¿Nunca te has sentido poderoso?

Román dejó caer una suave risita.

–        Te equivocas. Es el amor lo que me da poder. Y cuanto más me acerco al Castillo Negro más poderoso me siento. A cada paso que doy siento el corazón de la princesa cada vez más cerca. Siento un cosquilleo en mi interior y siento escalofríos. Cada vez que pienso en ella es como si un relámpago recorriese mi cuerpo. Y no me voy a rendir. Ni por todo el oro del mundo.

–        Muy bien- opinaba el Diablo en tono serio- ¿Nunca has oído eso de “más sabe el Diablo por viejo que por Diablo”?… No, claro que no…- Román le miró con cara de incredulidad, sin entender muy bien lo que quería decir.- De todas formas ten- prosiguió alargándole una tarjeta de un material que Román no había visto nunca- es mi tarjeta. Si cambias de opinión búscame.

–        No creo que lo…- pero no acabo la frase en el salón recreativo de los años ochenta.

–        Como has podido- decía Hyde con su voz de ultratumba- Has estado a punto de echarlo todo a perder. Y no solo eso Eve. Yo confiaba en ti y me has mentido. Jamás me hubiera esperado esto. Gracias a Francis acabamos de impedir una desgracia.

Eve mantenía la mirada baja esperando cualquier tipo de castigo por parte de su amo. Se sentía sumamente avergonzada. Aún recordaba cuando le conoció. Sería imposible olvidarlo. Recordaba cuando estaba enferma, en cama, a solo un paso de la muerte. Recordaba como un hechizo de Hyde le devolvió a la vida. Recordaba la sonrisa de su amo al ver que ella estaba bien. Y ahora jamás olvidaría la decepción que le había causado. Sus ojos se humedecieron.

–        Vete- le ordeno el hechicero- vete y no vuelvas nunca.

Eve se sintió vacía. Realmente ella amaba a su amo, ese era principalmente el motivo por el que deseaba deshacerse de la princesa. Pero se daba cuenta de que ahora ya no había ninguna posibilidad. Con el ánimo muy lejos de su ser, el ama de llaves se dirigió lentamente, casi a paso fúnebre hacía las escaleras.

–        No te molestes en recoger tus cosas. Ya están abajo. – dijo Francis en un tono tan impertinente que molestó incluso a Hyde.

Mientras bajaba las escaleras, una lágrima acarició su rostro. Una sentimiento de vértigo inundaba todo su ser.

La puerta de la celda de la princesa permanecía abierta. Hyde miró los ojos de Julia durante un momento. No intercambiaron ni una palabra, pero sus ojos lo decían todo. Una avalancha de sensaciones y pensamientos se entrelazaban. Si las leyes de la física no existieran se diría que la totalidad del cosmos se encontraba en medio de aquel cruce de miradas. Tal era la atracción que Hyde sentía por la princesa que parecía dejarse llevar hacía sus labios. Francis cerró la puerta de golpe.

– Ahora no- advirtió- él esta ya muy cerca.- anunció refiriéndose  al caballero.


 

11. DOSIS LETAL

-No creo que lo haga. ¿Qué?¿Cómo?- vociferaba Román al encontrarse de nuevo en el desierto. En un oasis para ser exactos. Las hojas de las palmeras resonaban al viento mientras una leve nube de polvo recorría inquietantemente las dunas. Román estaba confuso en la oscuridad de la noche. No tardó en ver la pequeña hoguera que se encontraba justo a unos pasos detrás suyo.

–        ¡Román! ¿Eres tú?- oyó entre las sombras. Era la voz de Rita. Se sintió aliviado al ver que su fiel montura se encontraba allí.- ¿Dónde narices te habías metido?- preguntó impaciente.- ¿Qué es lo que ha pasado?- después de un corto silencio Román contestó:

–        Nada importante. Por ahí con el Demonio. Ya sabes.- dijo como quitándole importancia y empezando a acariciar suavemente el cuerno de su unicornio.

–        ¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo?

–        No. Tranquila. Solamente quería negociar.

–        ¿Y que?¿Has”negociado”?-preguntó, mirando a los lados y  gesticulando exageradamente.

–        ¿Me tomas por loco?- dijo con una sonrisa.

–        Menos mal- resopló al tiempo que acariciaba a su amo con su cabeza.- Mira ahí- dijo señalando a un punto en la oscuridad. Se veían unas luces muy a lo lejos.

–        ¿Es lo que yo creo que es?

–        Lo es. Por fin hemos llegado. Las luces que ves, vienen del Castillo Negro.

–        Ya era hora- sonrío el caballero- pero un momento- se dijo- las pruebas de las que hablaba el viejo Sheng…

Algo como verdoso cortó el aire.

–        Las pruebas de las que te hablé siguen vigentes solo que aún no es el momento de las dos últimas. Pero ya no falta mucho.- informó el  cuanto menos curioso anciano de kimono blanco, que acababa de volver a utilizar su pirotecnia especial para presentarse instantáneamente desde algún punto que Román no quería ni imaginar.

–        ¿Siempre te le apareces así a la gente?¿Nadie se te ha muerto del susto?¿Y que quieres decir con eso de que no falta mucho? El castillo está ahí delante, ¿ves?¿No irán a venir de golpe verdad?

–        Tranquilo, no serán de golpe.- intervino el anciano escuetamente.

–        Bueno… ¿Y que haces aquí?

–        Nada especial. He venido a ver que tal estabais tú y tu fiel montura.- dijo el anciano mirándose las manos con gesto distraído. La yegua convertida a unicornio le hizo un gesto a modo de saludo.- ¿Todo bien?- continuó el anciano.

–        ¿Qué intentas decirnos con ese tono misterioso?- cuestionó Román con recelo.

–        ¿No te has encontrado con nadie en tu viaje?- escarbó Sheng.

–        ¿Qué si me he encontrado con alguien? ¡Ja! Esto se parece más a un carnaval sureño que a un rescate. En serio.

–        Solo quería asegurarme de que no te hubieran convencido para, digamos, hacer algún trato.- dijo refiriéndose al Diablo, insinuación que el caballero captó al instante.

–        Ah… era eso. No. Tranquilo. Todavía no he llegado a ese punto. – dijo sonriente.

–        Menos mal. Por un momento pensé que lo habíamos perdido todo.

–        Pero… ¿tan importante es? Me refiero a lo que siento por ella.- preguntó Román.

–        Tanto que ni te lo imaginas. No puede explicarse con palabras.- “aclaró” el anciano.

–        Inténtalo- dijo Román casi en tono de orden.

–        ¿Es que no le has oído?- interrumpió Rita- Que no se puede ex…- el caballero poso su dedo índice sobre la boca del unicornio mientras no dejaba de mirar fijamente al anciano.

–        Bien. Digamos que mucha gente anda expectante por esto. Del destino de tu aventura, depende la continuidad de muchas cosas. No solo se te está probando a ti. Se está probando algo mucho más grande.

–        ¿Qué quieres decir?

–        No te puedo avanzar nada más por el momento.- hubo una pausa en la que el anciano espero a una de las habituales interrupciones del caballero; al no producirse tal interrupción, prosiguió- lo que si puedo hacer es darte una última oportunidad para echarte atrás. Si lo deseas, no será necesario que te enfrentes a Hyde ni superes las pruebas. En tu mano está.

–        ¿Pero es que os habéis vuelto todos locos o que? Que no pienso rendirme. ¡Que me da igual todo! A ver si os queda claro que la amo. ¡Amo a Julia!- gritaba casi sin control- Y nadie me va a hacer cambiar de parecer.- Después de un corto silencio se oyó a Rita decir:

–        Bien dicho.

–        Bien. Solo quería asegurarme. Mi trabajo está hecho, por ahora. Nos veremos no muy tarde. Ten cuidado y, sobretodo, no te dejes llevar por la ira cuando descubras el misterio de las pruebas.- y sin más, el viejo desapareció.

–        ¿Qué habrá querido insinuar con eso?- dijo la yegua. Román pensó por unos instantes antes de aclararse la mente con un movimiento brusco de cabeza y exclamar:

–        Da lo mismo. Vamos allá Rita.

–        ¿Es que no piensas descansar?

–        Ya descansaremos- dijo Román mientras saltaba al lomo de Rita- ¡Venga vamos!

–        Lo que tu digas… ¡agarrate!

Rita empezó a galopar furiosamente en dirección a las lejanas luces del Castillo Negro. Huelga decir que los escorpiones se escondían bajo la arena a su paso.

El Sol salía por el desierto iluminando los ojos llenos de odio de Hyde. Su mayordomo, Francis, le colocaba una armadura de un color rojo brillante que le daba un aspecto de máquina de matar diabólica.

–        Ha llegado el momento señor ¿Está preparado?- observó el mayordomo.

–        ¿Acaso no está tu amo siempre preparado Francis?- exclamó Hyde en tono jocoso.

–        Tiene razón amo. No se en que estaría pensando.

–        ¿Julia está ya despierta?

–        Si señor. Se ha pasado la noche despierta. Debió escuchar cuando le dije que el caballero se encontraba cerca.- concluía mientras le colocaba a su amo una capa de una gruesa tela negra.

–        Está noche dormirá. Te lo puedo asegurar. Ocúpate del castillo mientras estoy fuera. No creo que me lleve mas de cinco minutos.

Román cabalgaba a Rita con la mirada fija en el cada vez más cercano Castillo Negro.


Julia miraba por la ventana con la esperanza de encontrar a su salvador.

Hyde salía por la puerta principal del castillo, espada negra en mano.

Eve andaba sin rumbo por el desierto, mientras en el horizonte se vislumbraba lo que parecía ser un anciano vestido de blanco .

Alita dormía placidamente en casa de Cloe.

Cloe preparaba el desayuno, como cada mañana.

Lilith no cabía dentro de sí misma de la impaciencia.

El Castillo Negro abarcaba el campo de visión del caballero mostrando su opulencia y grandiosidad. Era tan negro… tan oscuro que daba la impresión de que estaban en la boca de la muerte. Rita cabalgaba a una velocidad que haría palidecer a cualquier dragón del lugar.

–        Prepárate para lanzarme como cuando el árbol.- gritaba Román sin apartar la mirada de la figura que les esperaba a las puertas del Castillo Negro blandiendo una enorme espada negra.

–        ¿Qué estas diciendo Román?- preguntó Rita exaltada.

–        ¿Recuerdas cuando te dije lo del viejo que paraste en seco y me dí de bruces contra aquél árbol?- el unicornio carcajeo.

–        ¡Cómo olvidarlo! Si vieras que gracioso estabas panza arriba.

–        No creo que sea momento de echarse unas risas yeguita. Bien. Quiero que hagas lo mismo y me lances contra el hechicero.- expuso el caballero a la vez que desenvainaba su espada.

–        De acuerdo. Prepárate. – decía la yegua sin parar de acelerar.

“Maldito desgraciado te voy a matar” pensaba el caballero clavando sus ojos en los de su oponente, que cada vez se encontraba más y más cerca.

–        Rakso- dijo Julia en un susurro.


La espada de Román se prendió en llamas. Era la furia que sentía la que había creado ese efecto. Apenas estaban a cien metros el uno del otro.

–        Acércate roñoso.- dijo Hyde escuetamente. Levantó su espada y la colocó en posición defensiva. Su capa negra se movía violentamente con el viento, y los rayos del Sol rebotaban en su armadura roja dando la impresión de que el hechicero estaba repleto de energía nuclear.

No había nada que  separase ya a Rita y Román de su enemigo.

–        ¿Preparada?- dijo Román.- Segunda prueba- dijo gritando.- ¡La lucha!- y Rita lo lanzó por el aire en dirección a su atacante. Julia lo podía ver todo desde el ventanal de la torre. Parecía como si el tiempo se hubiese congelado. Román volaba hacia Hyde con una espada de fuego desenvainada. De un mandoble, la espada negra de Hyde salió disparada hacia atrás y se clavó en el gran portón del castillo. El hechicero dio un largo salto hacia atrás, se impulsó en la puerta desafiando toda ley gravitatoria y efectuó un salto mortal por encima de nuestro héroe. Pareció no reparar en su espada. Cayó a la arena en cuclillas. Una gran nube de arena se formó a su alrededor. Román afinaba su sentido de la vista intentando dar con la localización de su acérrimo enemigo, pero este dio antes con él. Una bola de fuego violeta surgió de la nube de arena en dirección a Román. Sería difícil determinar quien de los dos sentía más odio hacia su contrario. Pero el amor es el arma más poderosa que existe. El amor fue lo que le permitió a Román partir en dos la bola de fuego con su espada flameante. Se oyó un crujido de madera a la espalda de Román. En una décima de segundo el caballero escudriño lo que tenía enfrente con la intención de que al girarse, su contrincante no le pillase por sorpresa. Se giró sin bajar la guardia y se encontró con la gran espada negra de Hyde catapultándose hacía él y amenazándole con la más macabra de las muertes. Un poderoso mandoble lleno de rabia desvió su trayectoria lo suficiente como para que pasara de largo adentrándose en la cada vez más fina nube de polvo creada por el hechicero. Román podía ver la silueta de su enemigo blandiendo de nuevo su espada de acongojante tamaño.

–        Acércate maldito. – susurró el caballero.

La batalla no duró cinco minutos, como había predicho Hyde. Duró mucho más que eso. El amor era poderoso. Pero poderoso para ambos pues no hay que olvidar que Hyde también estaba enamorado de la princesa; utilizaba todas sus artes mágicas pero por el contrario era más lento con la espada. No como Román, que se movía como una centella aún sin haber descansado aquella noche.

En otro punto del Cosmos, dos seres comentaban el enfrentamiento.

–        El caballero es muy rápido. ¿Crees que es posible que venza a su adversario?- preguntó el Diablo.

–        Observa. Creo que te vas a sorprender.- Le dijo su jefe.

Se habían quedado quietos en un punto del desierto. Las espadas se movían frenéticas creando un festival de chispas por todo el perímetro. La energía que desprendían había formado un agujero en la arena en el que luchaban como si el tiempo hubiese dejado de tener validez para ellos. La armadura roja de Hyde, brillaba  como un demonio enfurecido.

–        Vamos caballero- dejó caer Hyde- En el fondo no somos tan distintos.

–        Te voy a matar maldito desalmado.- gruñía Román sin parar de atacar.

El sonido de las espadas se extendía por toda Phoenixia. Pero en la mente de Román repiqueteaba la última frase de Hyde. “en el fondo no somos tan distintos”… Dio un tremendo salto para alejarse del villano. Por alguna razón recordó su pelea contra su sombra en la montaña del Verdugo. “Que es lo que decía el viejo, vamos piensa Román”. Hyde saltó tras él lanzando, en un alarde energético, dos bolas de fuego violeta una detrás de la otra. Román esquivó la primera y, de un espadazo, volvió a partir por la mitad la otra, dejando así su guardia bajada. El hechicero saltó rabioso hacía Román y esté no pudo esquivar la estocada de la espada negra, que le partió la armadura dejándole desprotegido. “Ya te tengo hijo de perra” pensó el malévolo hechicero. Y le clavó la espada , atravesándole el pecho. Los gritos de Julia y de Rita se confundieron bajo el Sol. La sangre de Román tiñó de rojo el amarillo suelo arenoso. La armadura de Hyde reflejaba la realidad en rojo. El cuerpo del caballero quedo tendido boca arriba. Inmóvil. Con una roja mancha a su alrededor y la Espada Negra de su adversario pasándole a través del cuerpo. Estertor de muerte.

12. REVELACIONES



“Descubrirás a lo largo del combate que se trata más de una lucha interior que de un combate contra el mal”. Esas habían sido las palabras del viejo respecto a la segunda prueba, la lucha. Una lucha interior… Como cuando peleó contra su sombra en el Verdugo. Entonces se dio cuenta de que se veía a si mismo. Se estaba viendo desde fuera de su cuerpo, tendido boca arriba con una muy fea herida en un costado del pecho. Estaba muriendo. La mancha de sangre que se había formado r odeaba totalmente su cuerpo muerto. Ahora se elevaría y dejaría este mundo. Se alejaría de su apariencia humana y poco a poco la iría viendo más pequeña mientras dejaba Phoenixia en dirección a la otra vida. Se elevaría. Pero un momento… ¿ Porqué no se elevaba? Probó a bajar la vista. Entonces se vio las manos. No eran sus manos. Eran unas manos enfundadas en unos brillantes guanteletes rojo carmesí. Eran las manos de Hyde que sostenían aún su espada negra atravesando a Román. Pero no era Román. El caballero que se encontraba tendido en el suelo con una herida mortal, se  parecía en esencia a Román pero no era él. Era otro caballero moribundo. Román no entendía nada de lo que estaba pasando. Sacó la espada negra del pecho del que creía ser él mismo  y gritó. Grito tan fuerte que su voz todavía resuena en el espacio. “No puedo ser Hyde”. Al extraer la espada, la sangre comenzó a emanar  a borbotones del cuerpo del caballero desconocido.

–        ¡No!- gritaba desesperado mientras de la herida del caballero misterioso no paraba de brotar sangre. Recordaba todo el viaje que le había llevado a ese punto. Pero por alguna extraña razón también tenía en su memoria el momento en el que Hyde había raptado a Julia y la había llevado hasta los confines de Phoenixia. Recordaba la traición de Eve. El era Hyde. ¿Román era Hyde? ¿Qué estaba pasando? Se tambaleó y se dejó caer de rodillas desesperado. Entonces notó una fuerte presión en su cabeza, como si algo se estuviese reunificando en su interior.- Maldita sea- dijo entre sollozos…

Ahora lo comprendía todo…

Hubo un tiempo en que Román y Julia se querían como nadie se ha querido en este mundo ni en ningún otro mundo. Su amor era tan fuerte que las barreras de la realidad desaparecían cuando estaban juntos. Cuando se cogían de las manos pasaban cosas mágicas a su alrededor. Entonces llegó la guerra a Phoenixia, y Román sintió que debía luchar por sus semejantes. Para salvarlos. Era una guerra entre Ángeles y Demonios. Una guerra entre el Bien y el Mal. Era una guerra complicada. Una guerra que se forjaba en el interior de cada persona. Una guerra a la que él caballero, en muchas ocasiones, no sabía como hacer frente. La princesa Julia, sin comprender muy bien cuales eran los motivos que empujaban a su amado a hacer lo que hacia, decidió alejarse de él, pues se encontraba hastiada de soportar sus constantes excusas. Y aunque Román creyó encontrar la manera de hacer frente a la amenaza, algo salió mal y se vio encerrado en una celda crematorio propiedad de un viejo conocido, el Diablo.


Mucho tiempo pasó antes de que Román pudiese sentirse libre. Cuando estuvo fuera de la celda y habiendo pensado que su vida acabaría allí, salió corriendo en busca de su princesa. Pero ya era tarde. Habían pasado treinta largos años y la princesa no había tenido noticias de él. La princesa había encontrado el amor en brazos de otro caballero, de nombre Rakso, que la hacía sentir como alguien especial y que nunca la anteponía a ninguna loca aventura. Cuando Román lo descubrió, montó en cólera y la rabia y el odio que proyecto hacía todas las cosas, le llevaron a transformarse en Hyde, el hechicero más poderoso que nadie hubiera conocido jamás. Sin demasiado esfuerzo, entró en la alcoba de los recién enamorados llevándose a la princesa de los brazos de Rakso. Hechizó a éste transformando su conciencia en la del Román que él había sido antes de la batalla de Ángeles y Demonios, de ese modo podría controlar todos sus movimientos debido a que lo más probable fuera que se le ocurriese recuperar de nuevo el corazón de Julia. Cosa que no tardó en acaecer. Entonces, y a sabiendas del arrebato del caballero, el alma de Rita, el unicornio que siempre le acompañaría y que aguardaba paciente el los establos del Castillo Negro, se incorporó a su vez en el interior del corcel negro de Rakso, para acompañar a su amo y velar por él en el transcurso de su oscuro affaire. Pero los sentimientos entremezclados que sentía Hyde, le estaban empujando a desdoblarse hasta un extremo preocupante.


Y se daba cuenta, otra vez tarde. Rakso se desangraba en el suelo a punto de morir, si es que no estaba ya muerto. Román… Hyde… el caballero de la armadura roja miró hacia arriba. Hacia la torre más alta del castillo, en dónde Julia lloraba horrorizada ante la traumática escena. El hechicero era incapaz de contener sus emociones. Sentía que su mundo había llegado a su fin. “Todo es culpa mía” pensó dispuesto a clavarse su propia espada con la intención de quitarse la vida . Sintió entonces un calor detrás suyo. Se dio la vuelta y allí vio al anciano Sheng que le miraba con compasión mientras le acariciaba la espalda patriarcalmente.

–        Que todo esto te sirva de algo- le dijo el anciano- échate a un lado.

Con los ojos humedecidos le hizo caso al anciano, que, con un rápido gesto de su brazo izquierdo y acompañado de un familiar resplandor verdoso, taponó y sanó la herida de Rakso, que permanecía inmóvil.

Dentro de su armadura, el caballero miraba a Sheng totalmente desconcertado. Su cara hacía presagiar que se sentía en el límite de un precipicio sin  fin. El aire le había dejado de llegar. Las lágrimas de desesperación caían sin control dejando surcos en sus pómulos. Estaba al borde del colapso.

– Pronto despertará- dijo Sheng volviéndose hacia el hechicero con un gesto totalmente sereno.

–        Tranquilízate Román. Todo está saliendo como se esperaba.

–        ¿Qué?- contestó casi sin voz.

El anciano acercó su mano lentamente hacía la cara del caballero y le fue secando las lágrimas suavemente con su dedo pulgar.

–        Es ahora cuando viene la parte más importante y dura de tu misión. Tienes que aguantar.

–        Pero… pero…- dijo moviendo los ojos en todas direcciones como si de repente hubiese dejado de comprenderlo todo. El anciano solo le miraba esperando a que consiguiera expresarse.-  ¿Qué es lo que he hecho?

–        No lo pienses más. No importa lo que hayas hecho. Lo importante es lo que tienes que hacer.

–        Yo solo quiero… Solo me quiero…- “me quiero morir”pensaba mientras rompía a llorar.

–        No. Román. Recuerda las tres pruebas.

–        Las tres pruebas- repitió llorando- Me queda una- prosiguió entre suspiros.

–        Si. La paciencia.

Román reaccionó ante la palabra y frunció el ceño pensativo, aunque sin dejar de mostrar su tormenta de dolor..

–        ¿Recuerdas lo que te dije?- prosiguió Sheng.

–        Si. Dijiste que sería la prueba mas difícil.

–        ¿Empiezas a comprender ahora la importancia de la paciencia?

–        Si… ¡No! ¡Ella y él se quieren!… Tú dijiste que si no superaba esta prueba me sería imposible recuperar a mi amor. Pero ¿Cómo voy a recuperar nada si ya lo he perdido todo?- vociferó desesperado.

–        Así es como lo ves ahora.- contestó el anciano con ternura- por eso necesitas tener paciencia. No sabes lo que te depara el futuro. Tal vez la princesa vuelva a tus brazos o puede que tal vez encuentres a otra persona y descubras que es tu verdadero amor… Quien sabe… Pero una cosa es segura. El mundo no se acaba por una cosa así. Debes mirar hacia delante.

Román miro al infinito.

–        No hay nada.- espetó.

–        Eres fuerte. Más de lo que tú mismo crees. Lo vas a conseguir.- concluyó el viejo.

–        ¿Dónde estoy?¿Y mi caballo?- dijo Rakso, recién vuelto a la vida. Su caballo negro se acercó relinchando ya que habitualmente los caballos no suelen hablar y lamió el pecho de su amo en señal de agradecimiento a algo o alguien que no estaba allí. La esencia de Rita ya no estaba en él.


–        Estás justo dónde querías estar. En las puertas del Castillo Negro.- dijo Sheng antes de desaparecer sin que Rakso hubiera podido verle la cara. El hechicero Román se acercó lentamente a su hasta ahora adversario y le ofreció su mano. Rakso titubeó un poco antes de tendérsela, pero lo hizo . Julia contemplaba la escena desde lo más alto de la más alta torre, sin dejar de llorar.

–        Te la mereces mucho más que yo- aclaró- además, yo tengo mucho trabajo que hacer.- prosiguió con sobriedad sin que las lágrimas le abandonasen por un momento- podéis quedaros con el castillo o podéis hacer lo que os plazca- concluyó. Rakso le miraba todavía serio pero con algo de sorpresa en su interior. Las puertas del castillo se abrieron con un gesto del hechicero que, cabizbajo, se dirigió a los establos en busca de Rita.

El unicornio estaba comiendo alfalfa dentro del establo cuando se acercó su amo suspirando. Rita estaba al corriente de todo lo que había pasado, pues había acompañado a la esencia de Román por todo el camino hasta encontrarse consigo mismo.

–        ¿Estas bien Román?- le dijo el unicornio.

–        No Rita. No estoy bien. Estoy muy mal. Me quiero morir. Mi vida no tiene sentido.

–        Olvídate Román. Deja que ella sea feliz.

Hyde no contestó. No podía porque había roto en llantos. Se abrazó a su fiel compañera y se liberó. Rita miraba al suelo con mágica tristeza.

Rakso corrió a liberar a Julia, que le esperaba llorando de emoción. Mientras se abrazaban, Rakso le decía al oído cuanto la quería. Y Julia con la mirada perdida en algún punto a través de los negros adoquines de su celda, y con un desgarrador vacío en su interior le contestaba que ella también le amaba… Y poco a poco se fueron fundiendo en un eterno abrazo. Si no eterno, muy, muy largo. (Daría tiempo a escribir una novela entre medio…Y dos ; )

–        ¿No te lo esperabas eh?- le dijo el Jefe al Demonio. No hubo respuesta.

Hyde, reconvertido de nuevo en Román, se alejó al galope a lomos de Rita. Las lágrimas no le dejaban ver el camino. Tenía suerte de ir montado sobre el mejor unicornio de la existencia. Después de galopar largo rato, el unicornio preguntó:

–        Bueno Román. ¿Y ahora que? ¿A dónde vamos?- después de un largo silencio, Román dijo.

–        Al mar…


13. EL PRINCIPIO



Una muchachita caminaba por el bosque. Se trataba de Eve. Abriéndose camino guiada por su intuición. Poco a poco se daba cuenta de que la vegetación adquiría un tono ocre a medida que notaba que su viaje estaba llegando al final. El anciano Sheng le había explicado donde podría encontrar un nuevo trabajo y tal vez un nuevo modo de vida. Y allí, entre los árboles, dio con una gran piedra con un tejado de paja. Se detuvo ante la puerta y tomó aire antes de dar tres golpes en la puerta, que desapareció acompañada de un sonido orgánico.

–        Adelante- pidió Cloe desde la cocina.

Como curiosidad cabe decir que Alita, la gata negra de la bruja, y Eve se llevaron bien desde el principio…


Y llegaron al mar…

El hechicero andante llevaba más de una hora sentado con la espalda apoyada en un árbol y una pequeña flor en la mano. Rita descansaba a su lado. Se encontraban en lo alto de un acantilado dónde el mar descargaba toda su potencia contra las rocas. Hacía calor…

Román miro su flor pensativo.

–        Oscuro Affaire- dijo más para sí mismo que para otra cosa. Y arrojó su flor al mar, como una ofrenda.

Pero la prueba de la paciencia era muy dolorosa. Román vago por cientos de pueblos emborrachándose y malviviendo sin poder salir de su espiral de desamor. Cada minuto que pasaba, era un minuto en el que Julia permanecía en su mente. Incesante. Repiqueteando en su conciencia como un martillo. Cuando perdía los nervios y arrojaba alguna botella contra un muro, en su mente aparecía la imagen de Sheng que calmaba sus nervios y le hacía recordar que todavía había esperanza.

Una mañana mientras cabalgaban por el desierto al Sol de Phoenixia, el caballero le dijo a Rita:

–        Es la hora de visitar a un viejo amigo.

–        ¿A quién?- preguntó la yegua- ¿A Sheng?

–        No.

–        ¿Pues a quién?


El viejo Sheng llegó ante el Diablo y su Jefe.

–        ¿Qué te ha parecido?- le dijo Sheng al Diablo.

–        Sorprendente. Realmente sorprendente. Jamás pensé que Román reaccionara de esa forma tan positiva al conocer la verdad. De hecho ya sabéis lo que esperábamos que pasase. Creíamos que Román iba a utilizar su magia para acabar con la pareja. En fin… – prosiguió al cabo de unos segundos- parece que a la humanidad todavía le queda un halo de esperanza…

–        ¿Te das cuenta ahora de lo importante que es el amor para la existencia de todas las cosas?- le preguntó su Jefe.

–        Me doy cuenta. Y siento mucho haber montado todo este lío. Si lo llego a saber nunca habría iniciado esa estúpida guerra. Y por supuesto no hubiera metido de por medio al bueno de Román.

–        Debías de aprenderlo. Es el ciclo natural de las cosas. Espero que a partir de ahora me ayudes a mejorar el cuadro.- le dijo.

–        Descuida- dijo el Diablo. Se lo quedó mirando y añadió- En el fondo no eres tan cabrón, Jefe.

–        Yo también te quiero, niño.

Sheng miró al Diablo y le dijo:

–        ¿No tenías una cita con Román?

–        Es verdad- dijo el Diablo mirando su reloj- debo irme. El pobre debe de andar desesperado buscándome.

–        Ve tranquilo Amigo- dijo el Jefe- y se bueno…

–        Vamos Jefe ¿Cuándo recuerdas que haya sido malo?- dijo guiñándole el ojo  mientras se diluía hacía el desierto.

Hubo un corto silencio antes de que Sheng la hiciera una pregunta a Dios.

–        ¿Qué sabemos de Lilith?

–        Ya esta lista.- dijo Dios con una especie de tono imperativo, como si estuviese despertándola de su letargo en ese instante.


En un salón de máquinas recreativas del centro de la ciudad, un chico jugaba a un videojuego de matar marcianos. El videojuego se llama “Gradius” también conocido en otros lugares como “Némesis”. Hacía ya un rato que había superado la puntuación máxima y un corrillo de gente a su alrededor le vitoreaba y le animaba a seguir. Pero el chico había superado la puntuación máxima precisamente porque no estaba pensando en el juego. Estaba pensando en su novia. Mejor dicho, su ex-novia. Ya hacía más de un año que lo habían dejado y ella ya estaba con otra persona. Un tal Oscar. Pero él no podía dejar de pensar en ella ni por un segundo. Estaba haciendo esfuerzos sublimes por no echarse a llorar frente a la pantalla. No que ría que sus amigos notasen su debilidad. Sus ojos se humedecieron. Antes de que las lágrimas cayesen por su cara, golpeó la pantalla de la máquina con su puño desnudo, lo que hizo que la misma se desconectase. Los allí presentes se quedaron mudos. El muchacho salió del salón recreativo con la cabeza bien alta y las lágrimas cayendo por sus mejillas. Se subió en su moto verdiblanca y pateó el pedal de arrancado. La moto rugió furiosamente antes de que el muchacho soltase el embrague y saliera de allí a toda velocidad. No tenía dónde ir, pero necesitaba dar una vuelta. Necesitaba despejarse. Nunca había imaginado que el amor podía hacer tanto daño. Le hubiera gustado que su moto pudiese hablarle, le hubiera gustado que su antaño novia le hubiera venido a decir que le perdonaba y olvidaba todos sus pasados errores. Pero esas cosas solo pasaban en los cuentos. En los cuentos de hadas.

Esa noche, el muchacho tuvo un sueño rarísimo. Soñó que una especie de caballero medieval, rodeado de un extraño escenario etéreo y alucinógenamente esotérico, era visitado por lo que el muchacho describiría como una hada, o tal vez como la mujer más bella que sus ojos hubiesen visto jamás. La mujer arqueó sus brazos alrededor del cuerpo del caballero medieval y le despojó de su armadura. Oyó decir al caballero “Lilith” con voz de sorpresa, mientras ella sonreía con la cara de felicidad más perfecta que una mente humana puede construir en un sueño. Los ojos de la mujer brillaban como en un serial de animación japonés. “¿Siempre habías sido tú verdad?”dijo el caballero luciendo una amplia sonrisa. “¿Acaso lo dudabas?” dijo una voz de mujer que se entremezclaba con el estridente sonido electrónico de un teléfono portátil que vibraba impaciente en la mesita de noche del muchacho. La llamada abrió los ojos del chico que se despertó sobresaltado. En la pantalla del teléfono brillaba un nombre de mujer…

OSCURO AFFAIRE

música final

Oscuro Affaire – Sexy Sadie


FIN

NOVIEMBRE 2004 – NOVIEMBRE 2005


x Rev

https://revxperience.wordpress.com/2010/10/13/oscuro-affaire-el-pasillo-aereo-del-anexo/